19 de mayo de 2019

La antigua calle de Calderón ( hoy Obispo Orberá)

La antigua calle de Calderón
Desde 1886 se le dedicó la calle al Obispo Orberá, promotor del colegio de la Compañía de María
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26 Abril 2017, Eduardo Pino para La Voz de Almería

Fue una de las grandes avenidas que se gestaron en la ciudad a partir del derribo de las murallas y la expansión hacia levante en la segundad mitad del siglo XIX. En el año 1872 el Ayuntamiento de Almería aprobó la línea y rasante de la que entonces se llamaba rambla de Hileros, bautizada unos años después con el nombre de calle de Calderón. Aquel escenario también llegó a ser conocido con el nombre de ‘Paseo de los Pescadores’, ya que antes de que allí se empezara a construir el nuevo Mercado de Abastos, fue el lugar elegido por los vendedores de pescado para instalar sus puestos ambulantes .

La calle de Calderón nacía en la Puerta de Purchena y se prolongaba en descenso hasta la desembocadura de la Rambla de Belén, paralela al Paseo, que también había sido una de las consecuencias urbanísticas del derribo de las murallas y el crecimiento urbano hacia levante.

Pronto, la calle tuvo el prestigio que le dieron algunos edificios importantes que en ella se instalaron, como fue el del gran teatro Apolo, que desde 1882 ocupó el solar dejado por el antiguo teatro de Calderón, contribuyendo al realce de la avenida. En aquellos tiempos la calle estaba dividida en dos andenes y en medio el viejo cauce. Existía un puente rústico construido con maderas frente a la misma puerta del teatro que comunicaba las dos aceras.

Desde finales de 1886 la calle de Calderón llevó el nombre del Obispo José María Orberá y Carrión, que había fallecido ese mismo mes, y al que la ciudad quiso reconocer públicamente, por las muchas obras dejadas durante su mandato, entre ellas la del edificio del colegio monasterio de la Compañía de María, una obra promovida por el propio pelado, que puso la primera piedra en 1882.

Dos años después del comienzo de las obras del colegio religioso se iniciaron los trabajos para levantar los muros de defensa de los malecones y proteger la calle de los terribles efectos de las riadas.

Desde 1892 la calle se revitalizó con la puesta en funcionamiento del nuevo Mercado Central, que cambiaría el alma de la avenida. Desde entonces, la presencia de mercaderes fue una constante en la calle, provocando en muchas ocasiones las frecuentes quejas de los vecinos.

En 1905, las protestas vecinales vinieron por culpa de los malos olores que inundaban la avenida debido a un cauce de aguas corrompidas que bajaba procedente de los urinarios de la Puerta de Purchena, que mal acondicionados habían abierto una vía a lo largo de la calle del Obispo Orberá, dibujando un río de inmundicias que en algunos sitios llegaba a formar charcas y lagunas.

A finales de 1908 la opinión pública pedía una gran reforma, lo que entonces llamaron “la reforma de las reformas que Almería necesita”, y que consistía en cubrir la Rambla como lo estaba la del Darro en Granada y convertir la calle del Obispo en un gran paseo.

Fue una aspiración que no llegó a realizarse, aunque sí se consiguió que la vieja calle de Calderón o del Obispo Orberá fuera remozada para adaptarla a los nuevos tiempos. En 1910 se iniciaron los trabajos con la rectificación de rasantes, una obra que fue necesario llevar a cabo para suavizar la pronunciada pendiente de la calle. El Ayuntamiento se comprometió a costear las reparaciones en los trancos y portales de las casas, que tras la reforma quedaron muy por encima del nivel de la calle obligando a sus inquilinos a meterse en obras.

De nuevo, con la transformación de la calle, llegaron las quejas de sus habitantes, en continua batalla con los mercaderes que en ella se asentaban a diario. “Una calle tan hermosa, tan urbanizada, no merece estar convertida en mercado de cebollas, de tripas, de caña dulce y otros artículos que allí se exponen para la venta”, protestaban los vecinos.

Para entonces, la muy antigua calle de Calderón presentaba un aspecto renovado, como también su entorno debido a las necesarias obras del encauzamiento de las ramblas, un proyecto que se hizo imprescindible tras los terribles efectos que la tormenta del once de septiembre de 1891 provocó en la ciudad.

18 de mayo de 2019

1900 El Puerto

Editorial Cortes nº 1
Postal Coloreada
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16 de mayo de 2019

1953 Vista desde la Alcazaba

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Puerto, Cuartel de la Misericordia, Iglesia de San Juan y Ermita de San Anton, Plaza Pavia,...



15 de mayo de 2019

1921 Vista General de San Cristóbal


Colección Lacoste nº 57
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14 de mayo de 2019

1970 Vista de Alcazaba y Mesón Gitano

1970 Alcazaba y Mesón Gitano. Vista Parcial
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13 de mayo de 2019

1940 El caserío de Aguadulce

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Era una aldea con dos filas de casas a ambos lados del camino, salpicadas de fincas y cortijos.

Eduardo de Vicente para La Voz de Almería


Vista de Aguadulce hacia 1940, cuando las casas se alineaban a ambos lados del camino

En los veranos, cuando las familias pudientes llegaban de Almería, el caserío  de Aguadulce se revitalizaba y los vendedores ambulantes, que apenas se dejaban ver en invierno, revoloteaban a ambos lados del camino en busca del negocio. En los primeros años después de la guerra civil era frecuente ver por allú a un extraño personaje al que apodaban 'el Muñequero', que iba andando desde Roquetas con una caja de pescado sobre la cabeza. Caminaba descalzo, con la piel tostada y las pantorrillas llenas de las ulceras que le habían dejado los años en los que estuvo trabajando en las salinas. En vendedor de pescado iba en busca de los grandes personajes, los que compraban sin mirar el precio, los que le daban una buena propina para que el hombre pudiera estar un par de días sin darse otra caminata.
En aquellos tiempos, Aguadulce tenía alma de paraíso y en los días de calma, cuando no soplaba el viento, desde la carretera se podía escuchar el tímido sonido del mar cuando se derramaba por la arena de la playa.
Eran cuatro casas y unas cuantas fincas con sus cortijos. Entrando desde Almería, a la derecha del camino, aparecería la casa del Piñero, la de los Sevillanos, la de doña Josefina. A continuación estaba la iglesia y la caseta de los peones camineros que entonces estaba habitada por una familia, Le seguía, después de un descampado, la casa de Juan Roldán, catedrático del instituto, la posada, la panadería, el almacén de los Martínez, la barbería de Padilla, el almacén de García Capilla y al final del camino, el cuartelillo de la Guardia Civil.
Al otro lado de la carretera, nada mas entrar desde Almería, aparecían varias casas con soportales habitadas por familias humildes, muchas de ellas autóctonos del lugar. A continuación destacaba la finca de la familia Vizcaino y el hermoso chalé del médico don José Sobaco Monroy, que cada vez que tenía tiempo libre se refugiaba en su nido de Aguadulce donde tenía su estudio de pintor aficionado. Le seguía la finca de don Leopoldo Romero, uno de los Romero Hermanos, el cortijo y las tierras de Cervantes, ingeniero del puerto y el caserío de don Luis Batiste, célebre exportador de uva que todos los veranos se escapaba de la vida ajetreada de Madrid para buscar la paz de Aguadulce. Lindaba con la finca de don Manuel Tortosa, que llegaba desde la orilla de la carretera hasta la arena de la playa. El primer campamento de Falange que se organizó en Aguadulce fue en uno de los bancales de Tortosa, que lo cedió para que pudieran montar allí las tiendas de campaña.
En 1940, Aguadulce era un lugar sin otro ruido que el de los coches de línea que cruzaban por la carretera de vez en cuando. Por allí pasaban el coche de Roquetas, el de Felix, el de Ugijar y el de Adra, que solían parar en la puerta de los almacenes y en el surtidor de gasolina que regentaba Juanico el de Matías.
En verano, cuando se instalaba el buen tiempo, era frecuente que muchas familias de Almería, las que disponían de vehículo propio, fueran hasta Aguadulce de excursión para pasar el día. Allí tenían garantizada la paz de una playa amplia y completamente vacía donde tenían la sensación de ser los primeros habitantes de la Tierra.

11 de mayo de 2019

1966 Estación de Almería. Locomotora Alco maniobrando.

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Locomotora ALCO 1350 recién llegada de EE.UU maniobrando en el Depósito de Almería, Febrero de 1966.
Autor Fernando Llauradó





RENFE, serie 313, ex-1.300. 
Números 1341 a 1350. ALCO Estados Unidos
Números 1301 a 1340. Compañía Euskalduna de Construcción y Reparación de buques. Licencia ALCO.
Tipo: diésel-eléctrica.
En servicio: a partir de 1965 en las lineas Linares-Almería y Granada. Con motivo de la electrificación actual su uso fue decayendo paulatinamente desde finales de la década de 1980.
En la línea del Almanzora se pusieron en servicio en 1967 sustituyendo así a la tracción vapor imperante hasta ese momento, y a finales de esta década todos los trenes de mercancías entre Murcia y Granada se remolcaban por esta locomotora, así como las composiciones de viajeros.

10 de mayo de 2019

1880 Vista general de Almería desde San Cristóbal


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Son pocos edificios los que son reconocibles en la actualidad. A la izquierda la Iglesia de San Sebastián, Santiago al centro y detrás, a lo lejos, la Compañía de María. Del resto de edificaciones poco reconocible ha permanecido.


9 de mayo de 2019

El clérigo Duran y sus discípulos


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el cura don Antonio Durán, en el centro, en una de las excursiones que hacia con sus fieles
por los pueblos de la provincia. Era un enamorado del contacto directo con la naturaleza
24 Mayo 2017, por Eduardo del Pino para La Voz de Almería


Don Antonio Durán era uno de aquellos curas que no pasaban desapercibidos, de los que se implicaban hasta el límite allí donde estuvieran, un hombre y un sacerdote comprometido con su tiempo y volcado con los problemas de la juventud.

Perteneció a una generación de religiosos que dejaron huella. Compartió las enseñanzas como alumno del Seminario con compañeros de la talla de don Eduardo Navarro Lopez, don Miguel de Perceval y del Moral, don José Amat Cortés y don Pelayo Gallego Fábregas. Formaron parte de aquel Seminario de postguerra que reabrió sus puertas en 1941 tras el barón de la Guerra Civil. Fueron discípulos de grandes profesores que dejaron una profunda huella en el alumnado. Entre ese grupo de enseñantes destacaba la figura de don Miguel Sanchez Martinez, perfecto de estudios y profesor de derecho canónico antes de convertirse en rector.

Don Miguel tuvo una influencia extraordinaria en los seminaristas de la generación de Antonio Duran gracias a sus métodos de enseñanza y a la forma de relacionarse con los alumnos. Se decía entonces que se notaba el seminarista que había pasado por sus manos. demás de su afición por el diálogo y el razonamiento, era un enamorado de las largas caminatas que despejaban la mente y aliviaban el alma.

En aquellos primeros años de la postguerra, fue muy importante tibien la figura de don José Mendez Asenso, el celebre Padre Mendez. Los seminaristas de entonces lo recuerdan como un hombre extraordinario que tenía fama y hechos de santo. Dicen que era la sencillez personalizada, espiritual, elegante, pulcro, respetuoso, dotado de una gran inteligencia y una oratoria dulce y atractiva de poeta. Los domingos, después del desayuno, se mezclaba con los niños y les contaba las noticias que traían los periódicos.

Antonio Duran Barrios fue aprendiendo de sus maestros casa convertirse en un cura con na gran capacidad de diálogo y en un enamorado de la conversación y de los coloquios. Fue ordenado sacerdote el 17 de junio de 1951. Su promoción fue la primera que fue ungida en el templo de la Virgen del Mar, una vez restaurado.

En sus primeros años de sacerdocio estuvo destinado como cura ecónomo en Chirivel y encargado de la parroquia del Contador. En 1955 regresó a la capital para dirigir a parroquia de San Juan y San Antón. Fueron años de intensa actividad con la juventud, en los que formó parte del equipo religioso dirigido por el celebre José Mendez Asensio, que porCuaresma reunía a los estudiantes del Instituto, de la Escuela Normal de Magisterio y de la Escuela de Comercio para practicar los ejercicios espirituales.

Don Antonio Durán fue también el director espiritual de Instituto de enseñanza Media. Todos los años, después del día de la Purísima, ponía a trabajar a los alumnos para montar un gran Belén que era la envidia de toda la ciudad. Ejerció el cargo de director de la Escuela Catequista Diocesana y fue Superior del Diocesano antes de ser destinado al pueblo de Berja, donde vivió una de las etapas más fructíferas de su vida religiosa.
Antonio Durán Barrios fue contemporáneo de otro sacerdote carismáticos como fue don Mariano Álvarez. Coincidieron cuando el primero era párroco de San Juan y el segundo dirigía la iglesia de San Roque. El día de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, los dos cura salían en procesión por ls calles de Pescadería escoltando el trono. También compartían las jornadas de charlas con los jóvenes en el retiro espiritual de la casa sacerdotal de Aguadulce y en los años de la transición fueron protagonistas de coloquio comprometidos donde se trataban temas sociales de gran trascendencia. En 1977, cuando en el oasis se estaba gestionando la polémica ley del divorcio, don Antonio Durán se pronunció a favor del referéndum par que fueran todos los españoles los que decidieran. Sus actos públicos no dejaban indiferente a nadie. Su inteligencia y su brillante operatoria encandilaban.

8 de mayo de 2019

Historias de la vieja Estación

Este icono en desuso tan querido por los almerienses vuelve a ser asediado por andamios, mientras en el vestíbulo el reloj se quedó en las Cuatro y diez
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En el vestíbulo clausurado resplandece un reloj Garnier y frescos de Luis Cañadas. 


05 Marzo 2017, Manuel León para La Voz de Almeria

Era el inicio y el final de todo: de aquellas familias ruidosas como las que aparecían en las películas de Garci dispuestas a vivir unos días de vacaciones en esta ciudad sureña, inundando de maletas acartonadas y prisas el vestíbulo; de aplicados estudiantes almerienses que iban a hacer una ingeniería a Madrid y que llevaban en el bolsillo un papel doblado con las señas de una pensión en Atocha; de los quintos destinados al Cuartel del Ejército del Aire de Argüelles con calzoncillos bordados con sus iniciales en el equipaje; de los viajantes de Jaén o de Granada que venían a vender bisutería o enciclopedias, con parada y fonda en La Perla; de los enfermos de reúma que iban a tomar baños al balneario salutífero del doctor Company en Alhama.

Era la legendaria Estación de Almería: la que tanto nos impresionaba por su altura de palacio persa a los que veníamos de los pueblos a coger el Expreso a Madrid y a fantasear con una aventura entre las literas, por la que todos salimos alguna vez soñando con volver. O quizá con no volver.

Emergía su estructura descomunal en ese llano junto a la vega, como una maravilla, dándole caché de ciudad a ese poblachón levantino que era Almería. Ahí aparecía ella, la Estación, con sus más de 50 metros de frontal, con su puntiaguda marquesina de acero y cristal, como una Torre Eiffel rectangular, mirando por encima del hombro desde los azulejos color albero a la otra Estación, la de autobuses, más pedestre y rudimentaria. Y después, cuando uno ingresaba en ese vestíbulo fabuloso se sentía como acomplejado porque todo era grande: los murales de Luis Cañadas con escenas de despedidas y mujeres agitando el pañuelo en el andén, las agujas del reloj cenital de Paul Garnier, la taquilla de venta de billetes con el gesto cansino del expendedor, la imagen severa de la Patrona observándonos desde arriba con la playa de Torregarcía de fondo.

La Estación de Almería -esa que no hay nadie vivo que la viera construir- era siempre como el primer paso de la iluminada aventura de la ida o el último del añorado regreso al viejo barrio, a la vieja calle, como en el tango.

Allí siempre habitaban dos enamorados comiéndose a besos junto a la cantina, jurándose, en el momento de la despedida, un amor tan eterno que duraba hasta la primera salida nocturna separados; allí se estabulaban rubios mochileros sentados en círculo en el suelo, llegados en el Interrail, consultando mapas del Cabo de Gata manchados de cerveza; desde allí se marchaban los emigrantes a la vendimia francesa o a las fábricas de salchichas alemanas, con los ojos humedecidos, besando la mejilla de niños con churretes abrazados a sus madres; por allí aparecían los curas que cambiaban de parroquia, los maestros que venían a tomar posesión de su plaza almeriense, como lo hizo Celia Viñas, cuando aún no existía el aeropuerto.

Por allí llegó varias veces ese rey tan castizo -putero dirían otros- que fue Alfonso XIII para rendir homenaje al Regimiento de la Corona que se había batido el cobre con los moros en el Rif.

Todo el mundo llegó o se marchó durante años de Almería por allí: por esa gran caja de resonancia del oficio de vivir, ese orgullo que ha sido y es para los almerienses su Estación.

Por donde aparecían como sonámbulos los forasteros y se marchaban llorando los almerienses, con una última mirada por la ventanilla, teniendo por delante más de ocho horas de chacachá, junto a personas aún desconocidas con las que pronto entablarían triviales conversaciones interrumpidas por un revisor pidiendo el billete con cara de mala leche.

El andén, aromatizado por la carbonilla, no tardaría en quedarse de nuevo vacío de familiares tras haberse cerrado las puertas de los vagones, tras haberse iluminado los potentes focos como en el Transiberiano de Doctor Zhivago, tras el resoplido de la máquina empezando a deslizarse por los raíles.

Ahí estaba todo ese paisaje que siempre era el mismo pero con distintos protagonistas: el mozo del equipaje ordenando la consigna, el factor dando órdenes apresuradas, la turbia atmósfera de la cantina por el humo aún no prohibido del Ducados.

La Estación, esa vieja estación de la que escribo, rehén de una ciudad en la que aún no había aeropuerto ni nadie venía a rodar películas, era un espacio democrático: el mismo retrete tenía que usar en un apretón la Marquesa de Torrealta, que venía a descansar a su mansión almeriense, que los carteristas que llegaban para hacer la feria de agosto o los granadinos que venían como sardinas en lata en el Tren Botijo para unos días de baños. Fue un antes y un después para la ciudad cuando un casi desconocido arquitecto francés, Laurent Farge, la diseñó con ambición profesional en su estudio parisino de la compañía Fives-Lille mirando a los Bosques de Bolonia.

Fue inaugurada en 1895 con la llegada del primer tren de Guadix, cuando Almería entera fue una fiesta e Ivo Bosch, el industrial que arriesgó el capital al quedarse con la contrata de la línea, su héroe.

Fueron momentos de embriaguez para esa ciudad de antaño que había clamado treinta años por su ferrocarril (casi a los mismos que pueden llegar los almerienses de hogaño por el AVE). Ya estaba ahí ese camino de hierro y esa Estación lujuriosa que se había levantado en esta corte de los milagros, frente a los Jardines de Medina, junto a los aires saludables de la Vega y el rumor lejano de las vaquerías y el paisaje de los sarmientos y de hombres diminutos, con la testuz amagada, desperfollando el panizo de los campos de esa ciudad pretérita, pasmados con el rechinar de los boggies, escamados al vislumbrar los penachos de humo de la locomotora al llegar al paso a nivel de Los Molinos. Y en la salida del apeadero, aguardando clientes, Pedro el Gordo y Alvarillo, con sus tiros de mulas, prestos para acercar a los viajeros más señoritos al centro de la ciudad.

Ahora que los andamios asedian de nuevo su mole extraordinaria, tras 105 años prestando servicio y 17 cerrada -con el reloj del vestíbulo anclado en las Cuatro y diez como la canción de Aute- uno cae en la cuenta de que hay pocas cosas que encierren con más derecho legítimo la historia cotidiana de esta ciudad que esa joya de formas, olores y colores, ese icono de memorias y recuerdos, la vieja y preciosa Estación de todos nosotros, que hace que los almerienses, cuando la contemplan iluminada por la noche y cercada de día por taxis y autobuses, eleven más que nunca el orgullo de serlo.

7 de mayo de 2019

1963 Las escuelas gratuitas de la Salle


Las escuelas gratuitas de la Salle

26 Julio 2917, Eduardo Pino para La Voz de Almería

Desaparecieron en la guerra y se recuperaron en 1960 en el colegio La Salle-Chocillas
Por Eduardo Vicente para La Voz de Almería
Fue el obispo Santos Zárate el que llevó por todas las parroquias la idea de que la religión tenía que ir de la mano de la educación en el sentido más amplio de la palabra. Quería que escuela e iglesia caminaran de la mano y que en ese recorrido se incluyeran a las clases más necesitadas, a esos niños de los barrios más pobres que no tenían la oportunidad de aprender ni a leer ni a escribir.

Cuando en diciembre de 1BB7 llegó a Almería, una de sus primeras preocupaciones fue saber el número de colegios que existían en la ciudad. Esa misma Navidad, recién llegado al cargo, visitó los centros religiosos para que los sacerdotes y las monas conocieran las nuevas normas. Fue fundamental para el obispo Santos Zárate la colaboración del arcediano de la Catedral, José Marla Navarro Darax, otro religioso volcado con la enseñanza. Ambos pusieron en marcha, en su lucha contra el analfabetismo y en su obsesión por fortalecer los cimientos de la enseñanza católica en Almería. la construcción de un gran edificio en la calle del Teatro (hoy Conde Ofalia), destinado a ser colegio de Primera y Segunda Enseñanza. En septiembre de 1891 comenzaron a derribar las antiguas casonas que formaban la manzana de las calles del Teatro y Elvira (hoy Padre Luque), casas donde unos años antes ya había iniciado su actividad el Colegio de Jesús, fundado por Navarro Darax. La escuela no reunía las condiciones deseadas por lo que el sacerdote valenciano, apoyado por el obispo, emprendió la gran obra de su apostolado en Almería, levantar un majestuoso edificio donde los niños y los jóvenes de la ciudad pudieran recibir una educación completa, basada siempre en la doctrina y la moral católica. 

En febrero de 1891, cuando el colegio de Jesús funcionaba todavía en sus viejas viviendas de la calle Padre Luque y la construcción del nuevo centro era sólo un proyecto, el obispo Santos Zárate quiso que las enseñanzas del colegio de Jesús llegaran también aquellos niños de los barrios más desfavorecidos que no podían pagar la matricula en los colegios del centro. 

Su iniciativa cuajó con la apertura de unas escuelas gratuitas, dirigidas por los mismos profesores del colegio, en el barrio de las Almadrabillas, que en aquel tiempo era una de las zonas más deprimidas de la ciudad, un arrabal de pescadores y un foco de analfabetismo y pobreza. La escuela se abrió para los niños y también para formar a los adultos que carecían de la instrucción elemental. 

La apertura de esta escuela fue un incentivo para el obispo, que diez años después quiso extender el proyecto a todos los rincones de Almería. En septiembre de 1901, Santos Zarate puso en marcha cuatro nuevos centros de enseñanza gratuita- El primero se abrió en el barrio del Grillo, junto a la carretera de Granada; el segundo en el Huerto de Jaruga, frente a la plaza de Toros; el tercero en el barrio del inglés, al comienzo de la carretera de Granada; y el cuarto junto a la rambla de Belén. La gran novedad de ese curso fue la apertura de una sección de párvulos con objeto de que las madres de los niños pudieran dedicarse al servicio doméstico durante el día.

A comienzos del siglo veinte las Hijas de la Caridad también se sumaron a dar clases gratuitas en un salón inmediato a la Tienda Asilo y desde 1909, fecha en la que se instalaron los hermanos de la Salle iniciaron una extensa labor entre los más necesitados, poniendo en marcha las llamadas escuelas de San José. Fueron muchos los niños que pasaron por las manos de los frailes en aquellas aulas destinadas a los que no disponían de recursos económicos. Estas escuelas se ubicaron en la parroquia de San José, en el Barrio Alto, y estuvieron funcionando hasta el verano de 1936.

Dos décadas después, en mayo de 1958, se empezó a acariciar la idea de volver a abrir las escuelas gratuitas de la Salle. El entonces director del centro, el hermano Emiliano Embid, consiguió los apoyos necesarios y a comienzos de 1960 el colegio de la Salle, ubicado junto a la Rambla de Almería, tuvo su sucursal para niños pobres en un centro de nueva construcción en la Carretera de Alhadra.


Érase una Almería: Paseo por la ciudad de 1899 con imágenes de Navarro de Vera

Érase una Almería: Paseo por la ciudad de 1899 con imágenes de Navarro de Vera

Litografías de Navarro de Vera en la Biblioteca Nacional



La recién estrenada Estación.
La recién estrenada Estación   
Juan Francisco Colomina 07:00 • 25 mar. 2019


“Las calles de Almería, en la parte antigua, son en general irregulares y estrechas como de origen morisco; pero existen otras rectilíneas y abiertas de nuestros tiempos, de muy bonito aspecto, con casas de dos o tres pisos. Agradable, sana y ventilada. El clima inmejorable puede hacer de Almería una ciudad comparable a Niza, Mónaco o San Remo”. Así describe Navarro de Vera la Almería finisecular con motivo de la inauguración de la línea ferroviaria con Baza en un álbum encargado por el Ayuntamiento de Almería.

¿Cómo era aquella Almería? Imaginemos a un pasajero que se acaba de apear de una locomotora humeante con olor ferroso en un mes de agosto. Nada más llegar a nuestra ciudad ese pasajero vería la impresionante y recién terminada Estación, con su arqueada cristalera, sus rojizos ladrillos y su amplio vestíbulo. Casi podemos oler el humo que desprende el ferrocarril. Maleta en mano nos dirigimos a una de las zonas nobles de la ciudad, el Paseo del Príncipe. Sin pavimentar ni tener árboles centenarios, el principal espacio público debía ser una maravilla: casas de dos o tres plantas, con el Teatro Cervantes y el Círculo Mercantil, con el Casino, la Casa de las Mariposas y, con la vista al fondo, la ermita del Cerro de San Cristóbal y las chimeneas de la ya escasa industria minera. Casi todo ha llegado a nuestros días pero sin la elegancia de aquellos tiempos.




Colegio y convento de la Compañía de María.
Colegio y convento de la Compañía de María.


Almería, como Niza, tiene mar. Y un puerto abierto a la ciudad. Un puerto en el que se divisan los grandes barcos uveros que van y vienen de las Américas y del que nuestro protagonista divisa desde el Paseo del Malecón. Aún no hay árboles que tapen la vista pero nuestro ilustre Parque Nicolás Salmerón, en aquellos tiempos aún diputado, pero permitía que los jóvenes tuvieran su pequeño espacio íntimo. Hace calor, mucho calor, en cualquier agosto de cualquier año en Almería y qué mejor que refrigerarse en unos de los numerosos cafés públicos, en el Club de Regatas o en el propio Círculo Literario, muy acorde con la actividad cultural de la época. El recién terminado Teatro Apolo y el impresionante Teatro Cervantes acogen obras, funciones y hasta calurosos mítines abarrotados de ciudadanos ávidos de noticas de Madrid. Algo menos de afluencia tenía el hoy extinto Teatro Calderón, contiguo a la Iglesia de Santiago el Viejo.

En agosto convive ese calor asfixiante con el polvo de las calles sin pavimentar, calles que se llenan de jolgorio de una Almería en fiestas.




El pingurucho en su anterior ubicación.
El pingurucho en su anterior ubicación.


Desde Puerta Purchena, que acoge al monumento de Los Coloraos colocado, dicen, por el prohombre de la ciudad, Ramón Orozco, se llena de pequeños puestos de comida, telas y productos de la huerta; los carruajes esperan en el inicio del Boulevard para llevar a las elegantes damas y a los acompasados señores que marchan hacia la Plaza de Toros.

Almería es burguesa, marítima y agrícola. Y religiosa. Los edificios más importantes, tras las Casas Consistoriales, son los templos sagrados. Al igual que hoy, hacer un recorrido por la ciudad espiritual es sumergirse en una época de olores y sentimientos muy diferentes: San Pedro no contaba con su convento pero ante él crece una de las plazas que Almería ha conocido; Santiago y su torre permanecen impertérritas, como la espada del Apóstol; San Sebastián, la más bella de todas y la más alejada del entramado árabe. La más joven, San Roque, se alza en el corazón del antiguo barrio del Aljibe. Almería es abrazada por dos madres conventuales: Las Puras, tímida ante el poderío catedralicio, y las Claras, que esconde un tesoro mudéjar que aún deja con la boca abierta y el cuello dislocado. La más importante, la madre de los templos, le genuina Catedral-Fortaleza de la Encarnación y su estilo plateresco. Un buen enamorado de la arquitectura religiosa no puede dejar de enamorarse antes de abandonar Almería de la Compañía de María, aún inacabada. Nuestro visitante, Navarro de Vera, toma nota de todo ello. Y del precioso Mercado de Central, de la extinta ermita de Monserrat, del Colegio de Jesús o del balneario “El Recreo”. Ay, Almería, qué fue de ti.  




Fachada de San Pedro.
Fachada de San Pedro.


Tú, lector, dirás que lo que has leído aquí hoy es la Almería de hoy, con sus mismos espacios, sus mismas calles y los mismos edificios aquí relatados. Y tienes razón.
Pero cierra los ojos y viaja 120 años atrás, súbete a la Alcazaba, igual de impresionante ayer que hoy, y mira al horizonte: poca de aquella Almería queda hoy. Como dice Jesús Muñoz, “la belleza del caos. Siglos de historia que se perciben en casa una de las cicatrices de la ciudad”.

6 de mayo de 2019

Los solares del puente del tren

Eran terrenos yermos cerca de la estación del tren, un refugio de niños y marginados
#AlmeriaBW, #ABW, #Talcomoeramos, #solares, #Estación
23 Enero 2017 Eduardo del Pino para La Voz de Almería

Jóvenes de los años cincuenta en el campo de fútbol a la espaldas de la estación. Se puede ver el puente
que llevaba el tren hasta el embarcadero de la playa de San Miguel.

La estación quedaba lejos de la ciudad. Llegar hasta allí era como emprender un pequeño viaje. Cruzar más allá de la Rambla para atravesar aquellos parajes donde todavía se sentía el latido de la vega, tenía algo de aventura para los jóvenes de los años cincuenta que buscaban cualquier solar abandonado para alejarse del mundo, para montar un improvisado campo de fútbol.

El tren que a finales del siglo diecinueve nos trajo las primeras noticias del progreso vivió rodeado de un escenario decadente que parecía esperar un desarrollo que nunca llegaba. A las espaldas de la estación empezaba un universo de campos yermos, de solares de tierra y espacios solitarios que llegaba hasta la entonces Avenida de Vivar Téllez (hoy de Cabo de Gata). Debajo de los dos puentes de piedra y sus arcos aparecía un infinito de abandono, un decorado anclado un siglo atrás donde la civilización quedaba muy lejos. Por aquellos puentes de piedra cruzaban los vagones del tren de vez en cuando con su cargamento de mineral, con aquella amenaza del polvo rojo que con el viento se extendía por el barrio para acentuar el aspecto desolado del lugar. El puente más antiguo iba de la estación hasta los mismos hierros del Cable Inglés, en la playa de las Almadrabillas. El puente más moderno llegaba hasta la playa de San Miguel para alimentar el vientre de los barcos que venían a cargar al Cable Francés.

Aquellos descampados bajo los puentes representaban una isla entre la ciudad, que termina en la Rambla y los nuevos barrios que empezaban en las calles de Ciudad Jardín, que en aquel tiempo estaban todavía organizándose. Al otro lado del puente que iba hasta el Cable Francés aparecía la calle de la Marina, con sus casillas de planta baja manchadas de rojo y enfrente las naves de los depósitos del nitrato de Chile, donde iban los agricultores de la vega a recoger el abono.
Aquel escenario al margen de la ley era un lugar propicio para los niños y los marginados. En sus terrenos se establecieron varios campos de fútbol en unos tiempos en los que para inventarse un ‘estadio’ sólo hacía falta un trozo de tierra, una pelota vieja y cuatro piedras para hacer las porterías . Allí se retaban los equipos que surgían como flores de cada barrio: el Almedina, el Carabela, el Cultural, el Majadores, el Urcitano, el Cámaras, el Lepanto, que organizaban sus retos en aquel improvisado complejo deportivo donde estaban a salvo de la vigilancia de los policías municipales, la eterna pesadilla del fútbol callejero.

Bajo las sombras de los arcos del puente anidó un tipo de prostitución callejera y pobre que habitaba aquellos rincones cuando caía la tarde. Las ‘pajilleras’, como eran conocidas popularmente, rondaban por los lugares más sórdidos de las afueras y aprovechaban cualquier escondrijo para emprender su negocio: un montón de escombros, los árboles moribundos o los matorrales de la antigua vega para prestar sus servicios a cambio de unos duros. Solían ser mujeres de mediana edad que exhibían los últimos destellos de su decadencia entre las sombras del puente, bajo la complicidad de la noche que todo lo transformaba. Mal pintadas y temblando de frío, eran la viva imagen de la derrota.
De vez en cuando rondaban por la zona los guardias para espantar a los ‘amantes’ y hubo varios casos en los que el cliente y la prostituta terminaron con sus huesos en el Arresto Municipal teniendo que pagar una multa por exhibicionismo. También eran muy perseguidos los vagabundos que buscaban cobijo al amparo de los muros del puente. Los municipales los perseguían y los que no tenían casa ni familia acababan en los albergues para pobres que había repartidos por la ciudad.

A tan sólo unos metros del puente de piedra, cerca de donde en los años setenta se levantó el popular Toblerone, existían todavía los restos de un refugio de la Guerra Civil, excavado por los vecinos y los trabajadores del ferrocarril, un lugar donde la gente se ocultaba cuando sonaban las sirenas anunciando los bombardeos. En los años cincuenta el refugio se quedó como un rincón exótico al que iban a jugar los niños del barrio del Tagarete, donde se atrincheraban cuando organizaban sus guerrillas a pedradas.

5 de mayo de 2019

1908 Puerta de purchena. Las Mariposas en obras

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Colección de la Papelería de Isidro García Sempere

El que fuera mas tarde edificio señero de la Puerta de Purchena, puede verse con su construcción iniciada, con una valla que rodea la obra mientras grandes bloques de piedra se acumulan en el exterior.
La señorial balcón en esquina de la avenida Pablo Iglesias, sobre la que fuera droguería Vulcano.
Los edificios 3  (Farmacia Durban, Langle, 1925) y 5 (Pronovias, Lopez Rull, 1910) aun no construidos.
Al fondo el antiguo hotel la Perla, antes de la reconstrucción de los años 60.
A la izquierda, la fachadas de la plaza que si han conseguido mantenerse al paso de los tiempos. 



4 de mayo de 2019

1942 Las casas del andén de costa

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Últimas viviendas de la acera sur de la calle de Pescadores o de Aguilar Martell, frente al puerto de la ciudad.
Al fondo los hierros del Cable Inglés. Foto Domingo F. Mateos

20 Octubre 2015,
Eduardo Pino para La voz de Almería

La terminación definitiva de las obras del Parque le dio otra imagen a la ciudad y despertó las conciencias de la sociedad almeriense para seguir acometiendo las reformas necesarias para hacer de toda la zona del andén de costa el rincón más atractivo de la población. El proyecto de prolongar el Parque desde la calle Real hasta la desembocadura de la Rambla del Obispo Orberá fue un anhelo de muchos sectores de la ciudad, sobre todo a partir de 1920.
La prensa local insistía en la necesidad de convertir la abandonada calle de Aguilar Martell, sembrada de casas miserables y pobreza, en una gran avenida arropada por un nuevo tramo del parque que le diera prestigio a una de las zonas más visibles de Almería, la primera con la que se encontraban los viajeros que llegaban en barco a nuestra ciudad.
En la calle de Aguilar de Martel (antigua de Pescadores) convivían las viviendas humildes y la miseria con las instalaciones comerciales que fueron llegando a la zona buscando la proximidad del puerto. Allí se instalaron negocios importantes como la Casa Ferrera y los almacenes de maderas de Terriza. En diciembre de 1924 montaron, sobre uno de los depósitos comerciales de la calle, las oficinas y las instalaciones del Radio Club de Almería, la primera emisora de radio de la ciudad, que empezó a emitir dos años después.
La decadencia se mezclaba con la prosperidad de los nuevos establecimientos y este contraste desataba las críticas continuas de la prensa de la época. El 20 de noviembre de 1927 aparecía un artículo en el Diario denunciando la crítica situación de esta importante avenida. “En Almería la parte más miserable y sucia de la población es la que se halla comprendida entre la calle de Aguilar Martell y la acera norte del paseo del muelle”, destacaba. El principal obstáculo para llevar a cabo la prolongación del Parque era la de derribar la hilera de casas que formaban la acera más próxima al muelle. En el verano de 1923 el presidente de la Junta de Obras del Puerto ya había remitido al Gobernador civil un expediente de expropiación de tres casas establecidas en el andén de costa situadas frente a la desembocadura de la calle de Álvarez de Castro, pero los expedientes y los intentos de derribos se fueron prolongando más tiempo de lo esperado y a lo largo de toda la década siguiente se ejecutaron con cuenta gotas, de tal forma que el gran proyecto de un parque que llegara desde la rambla de la Chanca hasta la calle de la Reina Regente se fue estancando. Aunque en 1924 se terminaron de sembrar dos filas de palmeras a lo largo de la calle Aguilar Martell y en la década siguiente se llevaron a cabo varios derribos de viviendas, el estallido de la guerra civil condenó al olvido la gran obra que tanta ilusión había levantado en la ciudad.
Los años de guerra terminaron por destrozar la maltrecha avenida. Su ubicación, frente al puerto, la convirtió en blanco de los bombardeos que castigaron la ciudad. Muchas de las viejas casas que aún quedaban en pie y la zona de los depósitos comerciales que se extendían paralelos al muelle, quedaron destrozadas por las bombas. Al terminar la guerra civil, la desvalida calle de Aguilar Martell presentaba una imagen desoladora con el piso sembrado de baches y la explanada frente al puerto cubierta de escombros y viviendas moribundas. El escenario tenía un aspecto tan deteriorado, que en el mes de septiembre de 1939, cuando se iniciaron las obras de reconstrucción del templo de Santo Domingo, los escombros que iban sacando de la iglesia los utilizaban para rellenar los socavones del Parque y de la calle Aguilar Martell. Fue entonces cuando las autoridades retomaron la idea de ampliar el Parque hasta los límites de la desembocadura de la Rambla del Obispo. En el plan de reconstrucción de Almería, elaborado por la Jefatura Provincial de Falange, figuraba su construcción definitiva a lo largo de la calle Aguilar Martell.  En marzo de 1942, se publicó un comunicado oficial en el diario Yugo anunciando el inminente comienzo de las obras que había estado esperando la ciudad durante veinte largos años.

3 de mayo de 2019

1905 Cuevas del Puerto

Fotografía Thomas, 805, Barcelona
Edita Papelería Isidro García Sempere
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A principios del Siglo XX, las extrema pobreza que asolaba a muchos desafortunados Almerienses les arrastró a buscar cobijo en las cuevas del Puerto.
Los torreones, vestigio de la murallas derribada en 1855, orientan la ubicación de esas casas-cueva.  Tras la guerra civil se repitió periodo de pobreza y se volvieron ocupar durante bastantes años.

1 de mayo de 2019

1931 El primero de mayo en la Almería de la República

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Apenas han transcurrido 16 días de la proclamación de la República y el gobierno provisional ha declarado día festivo y paro general.


La manifestación, que arrancó de la casa del pueblo, en calle Arráez, se dirige a la Calle Granada. Presidida por las autoridades locales y  algunas jóvenes ataviadas con el traje de la república. Los acompaña la banda municipal que entona los Himnos de Riesgo y la Marsellesa.
La manifestación es seguida por obreros de la capital y pueblos cercanos, que se distinguen por cubrirse la cabeza con gorras de paño, portan carteles que proclaman "Separación de la Iglesia y el Estado", "Jornada de 6 horas", "Abandono de Marruecos".

Los establecimientos de los bajos del Edificio Las Mariposas han echado las persianas. Bar Victoria (años después Los Claveles), barbería, Pañería Molina y Carzados Terriza (mas tarde El Misterio).

La foto es una donación de los herederos de Leonardo Magán, alcalde Republicano de Felix, donada al Museo de Terque.

30 de abril de 2019

1955 Vista General de Almería desde el Cerro de San Cristobal

#AlmeriaBW, #ABW, #Panoramica, #SanCristobal, #1955
¿Que reconoces? Las mariposas, la Perla, instituto Celia Viñas, La Salle, San Sebastián, la torre de los plomos, .....
Sólo un poco mas allá la huerta de Almería


29 de abril de 2019

1891 Cuevas de Almanzora. Mina La Guzmana

1891 Cuevas de Almanzora (Almería). Mina La Guzmana.
Llegada de la Caldera.
Foto J. Rodrigo. Fondo Cultural Espín CAM.
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La Guzmana fue una de las primeras minas demarcadas en la provincia de Almería, recibiendo el número de registro 136, con una extensión de 83 hectáreas. En 1880 se celebró la ceremonia inaugural de extracción de mineral.

Junto a sus instalaciones se había construido un gran depósito para la recogida de agua de lluvia con capacidad para 1500 metros cúbicos.

Hacia finales del XIX (1891) trabajaban en ella medio centenar de obreros, siendo su titular Pablo Guillén, y contando ya con una máquina Humboldt, de vapor, de 30 CV. En esta época formó grupo con la mina Santa Elena, y sus colindantes eran Virgen del Carmen, Santa Elena, Fuensanta y María de los Ángeles y Verdad de un Artista. La mina se encuentra enclavada en el barranco Hospital de Tierra de Sierra Almagrera. De esta época, la más floreciente de su historia, se poseen unas magníficas imágenes panorámicas captadas por José Rodrigo, entre las que destaca la llegada de una gran caldera.

En la primera década del siglo XX figuraba como titular de la explotación la Societé des Mines de Plomb Argentifère La Guzmana, con sede en Madrid y más tarde en Bruselas, con un capital de social de dos millones y medio de francos, quien también era titular de Santa Elena y de La Verdad de un Artista. Sus instalaciones se electrificaron a partir de 1903, y se vieron paralizadas en 1907 a causa de una gran huelga obrera. La actividad minera de la Sierra concluiría en 1935.

Tras un largo periodo de inactividad se hizo cargo de la mina en 1945 la sociedad estatal Minas de Almagrera, que perforó el Socavón Santa Bárbara (Desagüe del Arteal), cuyo trazado finalizaba en la caldera del pozo de La Guzmana, a 290 metros de profundidad.

28 de abril de 2019

El hombre del café del Tivoli

El hombre del café del Tivoli
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Se cumplen trece años de la muerte de Juan Sánchez, uno de los dueños del Tívoli

28 Diciembre 2016, Eduardo Pino para La Voz de Almería



Manejaba la máquina del café sin mirarla. Podía cerrar los ojos y ‘conducir’ los mandos de la cafetera sin temor a equivocarse, con esa destreza que tenían los camareros antiguos, forjados en la férrea disciplina de la barra de un bar. Juan Sánchez Vizcaíno aprendió el oficio de la mano de su padre, Juan Sánchez Ruiz, que en los años cincuenta se quedó con el Tívoli y puso a toda la familia a trabajar. A Juan lo sacó de Almacenes Rosaflor donde estaba como empleado y le dio un cursillo intensivo de camarero. Así, sobre la marcha, a fuerza de servir cafés y churros, fue aprendiendo todos los secretos de la profesión a la que dedicó el resto de su vida.

El Tívoli era entonces uno de los lugares más frecuentados de la ciudad, sobre todo a la hora de los desayunos. Fue uno de aquellos cafés de posguerra que sobrevivieron aferrados a la vida del Paseo cuando era la avenida principal, donde estaban los negocios más importantes, donde se decidían los asuntos transcendentales de la vida cotidiana. En tiempos de escasez y de pobreza, los bares del Paseo pudieron salir adelante por su situación estratégica, siempre abiertos a los tratos comerciales, refugio permanente de los empleados de los bancos y de los dependientes de las tiendas.

El Tívoli era propiedad del empresario Pepe Jiménez, propietario de Los Espumosos, que en la posguerra quiso extender sus redes comerciales con una nueva cafetería en el centro de la ciudad. El nombre se lo puso como homenaje a su hijo, el célebre vocalista almeriense conocido como el Machín Blanco, que por aquellos años había saltado a la fama actuando en la prestigiosa sala Tívoli en Barcelona .

La cafetería la tuvo hasta los años cincuenta, cuando decidió traspasársela a su primo Juan Sánchez Ruiz, un conocido transportista de Almería que en los años de la Guerra civil vio como le quemaban los camiones. Los guardaba en una cochera de la Carretera de Granada y una mañana se los encontró hechos ceniza. Con la llegada del nuevo dueño también desembarcó en el café toda su familia. Su mujer y sus siete hijos formaron parte del Tívoli desde entonces. Cada uno se especializó en una parcela. Juan se pegó a la máquina del café y allí se pasaba las horas, despachando desayunos a media Almería. Compartía las horas con sus hermano José Luis, encargado de los churros, el camarero madrugador que antes del amanecer ya tenía el aceite hirviendo y la masa lista. En aquella época había mucha competencia y era necesario tener los churros a primera hora para no perder ningún cliente a la hora del desayuno. Los churros con chocolate eran un clásico en una época en la que la gente no se podía permitir el lujo de saber lo que era el colesterol y casi nadie sabía lo que eran los triglicéridos ni la hipertensión.

Además de los churros, la especialidad del Tívoli fue siempre su leche merengada. Se llegó a decir que era la mejor que se elaboraba en Almería y que el secreto estaba en que se hacía con leche de primera calidad. Pero además de la importancia de la materia prima el secreto estaba en el cariño con la que la hacían, la manera artesanal de ir mezclando los ingredientes en su justa medida y con la paciencia necesaria. Tomarse una leche merengada en el Tívoli llegó a ser un lujo en las tardes de verano, a esa hora en la que se retiraba el sol y el aire fresco del mar ascendía por las aceras del Paseo como una bendición.

Por las tardes, cuando ya no calentaba el sol en esa acera, las mesas que instalaban en la puerta se llenaban de clientes y a veces había que guardar cola para poder disfrutar de la leche merengada. Si en los inviernos el Tívoli vivía de los churros, el café y el chocolate caliente, en los veranos imponía la moda de la merengada y el limón granizado.
En los años de esplendor, el Tivoli llegó a tener una plantilla de quince profesionales, con dos camareros que se encargaban exclusivamente de atender los veladores de la acera. Cuando llegaba la Feria y toda Almería se echaba al Paseo y al Parque, era muy difícil encontrar un sitio libre y era tanto el movimiento que el bar no descansaba, empalmando el día con la noche. No se habían terminado de servir las últimas tazas de chocolate de la madrugada cuando había que empezar a preparar los desayunos.

Juan Sánchez Vizcaíno estuvo en el negocio hasta que echó el cierre en 1994. Cuando le llegó la jubilación, el veterano camarero siguió compartiendo los ratos libres con Paco el del Montañés y con Antonio el del kiosco Amalia, con los que organizaba grandes tertulias de fútbol.