31 de enero de 2018

1922 Mujer morisca con velo en Mojacar

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1922 Vintage SPAIN Mojacar Moorish Woman Veil Cloak Architecture Art ~ KURT HIELSCHER (1881-1948).

Se trata de un maestro de escuela alemán que quedó atrapado en España durante la primera guerra mundial y durante cinco años se dedicó a recorrer el país fotografiándolo. El resultado fue un libro que se publicó en 1926 en alemán con el título de "Das unbekannte Spanien", traducido al inglés como "Picturesque Spanish" y al español como "España incógnita".



La casa de la escuela de los ‘cagones’ de la Almedina

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Ocupaba una vieja vivienda ya desaparecida en el corazón de la calle de la Almedina
El edificio había sido a finales del siglo XIX un centro sanitario para prostitutas enfermas

31 Enero 2017, Eduardo del Pino para La Voz de Almería

La popular escuela de los cagones del barrio de la Almedina ya desaparecida

Antes de que existieran las guarderías infantiles funcionaban las llamadas escuelas de los cagones, pequeñas aulas donde las madres mandaban a los más pequeños cuando todavía no tenían la edad de ser escolarizados. En cada barrio había una de estas aulas donde siempre trabajaba un par de maestras a las que llamábamos señoritas.
En la calle de la Almedina exisitó una de estas escuelas prematuras, en un viejo edificio que hacía esquina con la calle de Cicerón. Por allí pasaron cientos de niños del barrio antes de ingresar en el colegio San José o en el Diego Ventaja, que durante décadas fueron las escuelas oficiales del distrito.

En la escuela de los cagones de la Almedina los niños aprendían a convivir dentro de un aula y tenían su primer contacto con la lectura y la escritura, casi siempre a base de juegos y de canciones. Cuando uno pasaba por delante de las ventanas siempre se escuchaba alguna de aquellas melodías que los más pequeños entonaban a coro. Todas las mañanas, unos minutos antes de las nueve, los alumnos formaban sobre la acera una larga fila llena de baberos celestes y de madres, una imagen que volvía a repetirse a la salida.

Aquel caserón arrastraba una conflictiva historia que había comenzado en la primavera de 1889, cuando el Ayuntamiento habilitó la vivienda, que era de su propiedad, para establecer allí lo que entonces se llamó un Hospital de Higiene destinado a aquellas prostitutas enfermas que estaban causando una situación de alarma en la ciudad por el peligro que suponía para el contagio de las enfermedades venéreas.

Cuando los vecinos del barrio tuvieron conocimiento del traslado de las prostitutas contagiadas desde el Hospital Provincial al nuevo sanatorio, se levantaron en contra de la decisión municipal al considerar que se ponía en riesgo la salud física y moral de sus familias. En julio de 1889 los vecinos manifestaron su intención de desalojar la calle si el Ayuntamiento llevaba a cabo su propósito de establecer allí el llamado Hospital de Higiene. Pero las protestas no encontraron el resultado que esperaban y un mes después el sanatorio de contagiosas quedó instalado, según la versión municipal: “en un sitio de escasa concurrencia y en una casa aislada e independiente de la calle de la Almedina”.

Los vecinos unieron sus fuerzas para evitar el traslado de las prostitutas y elaboraron un escrito que enviaron a las autoridades municipales y a la prensa local. “La casa en la que se va a establecer el Hospital para enfermas procedentes de las casas de lenocinio se encuentra en la calle Real de la Almedina, por más que ésta también se comunique con la que el Ayuntamiento posee en la calle de Toneleros esquina a la de Ulloa”, decían los afectados.
Se quejaban de que ni el edificio elegido reunía las condiciones sanitarias deseadas, ni la moralidad pública resultaba favorecida con la presencia de un establecimiento de ese género en un lugar tan céntrico de la población.
Basaban su protesta en el artículo 106 de la ley de 20 de enero de 1822, que establecía terminantemente que los hospitales debían ubicarse en los puntos extremos de la población, así como en el reglamento de la policía sanitaria de mujeres públicas de 10 de agosto de 1864, en el que se prohibía que las casas de prostitución estuvieran cerca de las calles concurridas.

“¿No comprende el Ayuntamiento la justísima alarma de los vecinos que tienen familia a quien dar ejemplo con la presencia de un hospital de mujeres enfermas, producto de la más asquerosa prostitución y de los vicios más repugnantes, desgraciadas mujeres en las que una larga vida de licencia ha hecho perder toda idea de pudor, hallándose de ordinario en desnudez casi completa y ofendiendo con sus actos y con sus costumbres a las pacíficas familias que viven en estos tan concurridos lugares de la Almedina a que nos referimos?”, preguntaban los vecinos en su carta.
Fue n los años de la posguerra, cuando la vieja vivienda de la calle de la Almedina se transformó en escuela. Formaba parte de la Graduada de niños Obispo Diego Ventaja y echó a andar en octubre de 1944. El colegio principal estaba situado en un antiguo caserón de la calle de la Reina, entre la el popular colegio de pago de San José, de don Rafael López Lafuente, y la tienda de comestibles de Rafael Fenoy. Ocupaba el piso alto y estaba formado por seis aulas de enseñanza Primaria, más la escuela para párvulos en la calle de La Almedina, que durante años fue conocido popularmente con el nombre de ‘escuela de los cagones’, en virtud de la edad de sus escolares.

Este edificio, que formaba parte de la memoria de la ciudad, fue derruido por el Ayuntamiento para levantar la actual sede de la Asociación de Vecinos del Casco Histórico. Sobre el solar de la vieja casa se levantó un edificio monstruoso que rompe la estética de aquel lugar preferente del centro de Almería.



1970. La Chanca. El patio celebra la Virgen del Carmen

La Chanca hacia 1970. El Patio celebra la festividad de la Virgen del Carmen.

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La popular corrala de la Chanca, construida el los años 50, hoy en día en un lamentable estado de abandono, celebraba populares fiestas en honor de la Virgen del Carmen, patrona de pescadores, en los años 60 y 70 

30 de enero de 2018

1952 La gimnasia de las chicas de la Sección Femenina

Almería 1952. Sesión de ejercicios en el patio de la Escuela de Mandos de la Sección Femenina.

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La escuela ocupaba el edificio que años después sería el museo Arqueológico antiguo en el actual solar del Museo Arqueológico.
La sección Femenina se encargaba de la instrucción de las jóvenes para ser buenas patriotas, cristianas y madres. Controlaba el Auxilio Social y el Servicio Social, equivalente al Servicio Militar masculino.
El los años 50, bajo la dirección de Anita García, se hicieron cursos de Divulgadoras Sanitarias Rurales y cursos de formación Social y Familiar para jóvenes de Murcia, Granada y Almería.
Foto: Ruiz Marín.



1927 Andén de costa del puerto de Almería

Almería 1927. Puerto. Andén de Costa. Postal coloreada
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1965 El molino y la playa de Carboneras

Carboneras (Almería) 1965. Playa.
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29 de enero de 2018

1890 Un tren de mercancías en la estación de Gergal

Gergal (Almería) ca 1890. Estación de ferrocarril con un tren de mercancías.
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La estación fue inaugurada el 26 de julio de 1895 con la apertura del tramo Guadix-Almería de la línea de férrea que pretendía unir Linares con el puerto de Almería hecho que no se alcanzó hasta 1904 dadas las dificultades encontradas en algunos tramos.​ De hecho, al momento de su construcción, el tramo entre esta estación y la de Santa Fe tenía la mayor pendiente de todo el sistema ferroviari español, con una media del 2,33%. Hacia 1902, The Gergal Railway and Mines Cº Ltd empezó a construir un ramal saliente de unos 4 km de longitud, de esta estación hasta el centro del pueblo de Gérgal al que se le llamó Cruz de Mayo.

Su construcción corrió a cargo de la Compañía de los Caminos de Hierro del Sur de España que mantuvo su titularidad hasta 1929 cuando pasó a ser controla por la Compañía de los Ferrocarriles Andaluces. Andaluces, como así se le conocía popularmente ya llevaba años explotando la línea tras serle arrendada la misma en 1916.​ Un alquiler no demasiado ventajoso y que se acabó cerrando con la anexión de la compañía. En 1936, durante la Seguna República Andaluces fue nacionalizada e integrada en la Compañía Nacional de los Ferrocarriles del Oeste debido a sus problemas económicos. Esta situación no duró mucho ya que en 1941, con la nacionalización de toda la red ferroviaria española, la estación pasó a manos de RENFE.

31 de Diciembre de 1984. El último tren

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Baza (Granada) 31 de diciembre de 1984. El automotor 592-073-1 hace el ultimo viaje por la línea del Almanzora realizando el servicio de TER Valencia-Granada. La gente impide el paso en la estación de Baza. Es el fin de la línea Guadix-Almendricos.
[Fotografía: Vicente R. Mellado]




28 de enero de 2018

1886 El plan para tirar el palacio del Obispo


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En 1886 un grupo de vecinos pidieron al Ayuntamiento el derribo del palacio episcopal

26 Enero 2017,  Eduardo del Pino para La Voz de Almería



En las últimas décadas del siglo XIX la Plaza de la Catedral era un espacio de recreo donde la gente salía a pasear, a sentarse bajo las sombras de los árboles, mientras los niños jugaban alrededor de sus jardines perfumados por magnolias. El arbolado ocupaba una parte importante del perímetro de la plaza, y en el centro, formando una glorieta, sus copas llegaban a ser tan frondosas que proyectaban una amplia franja sombría que se convertía en un pequeño refugio en las tardes calurosas de verano. El lugar estaba rodeado con una verja de hierro y había bancos alrededor de toda la plaza.

Hasta 1885 la plaza contó con un urinario público, que pasó a ser historia cuando los vecinos se plantaron ante el despacho del alcalde para decirle que no podían aguantar más aquél foco de infección en el que se había convertido el excusado, ya que eran más los que se orinaban fuera que los que respetaban sus límites. En aquel tiempo la Plaza de la Catedral tenía una de las cuatro paradas oficiales de coches de caballos que existían en la ciudad, que podían transitar a sus anchas por un pavimento que todavía era de tierra.

Para el verano de 1886 se adecentó el suelo de la plaza con motivo de los festejos que se organizaron para la inauguración de dos nuevas campanas, costeadas por el cabildo, que se instalaron en la torre: una, la Purísima Concepción, de diez arrobas de peso, y la otra, San José, de siete arrobas. Tras ser colocadas, la vecindad solicitó que una de ellas sonara de noche puesto que la encargada de hacerlo en aquella época, que era la campana de la Torre de la Vela, llevaba semanas sin avisar de las horas nocturnas al haberse declarado en huelga el campanero en vista de que el Ayuntamiento no le satisfacía sus haberes.

Los intentos por mejorar el entorno de la Catedral eran constantes en aquella época, aunque casi siempre quedaban en proyectos por la falta de liquidez de las arcas municipales. En la primavera de 1886 se estaban acabando de colocar las aceras de cemento portland en la plaza, pero la opinión pública reclamaba una vieja aspiración: el derribo del vetusto caserón que era entonces el palacio del obispo, un edificio que se venía abajo y que por la fachada que daba a la calle de Lope de Vega estaba completamente apuntalado. Una de las propuestas vecinales, apoyada por un sector de la prensa local, llegó a solicitar a las autoridades municipales que adquirieran el palacio y que lo echaran abajo para levantar sobre su solar una hermosa glorieta adornada con una fuente de mármol. La idea era prolongar la plaza hasta la antigua calle del Mico (hoy de San Indalecio), a espaldas del palacio.

El prelado, don Santos Zárate, debió tomar buena nota de la crítica, porque pronto se puso manos a la obra para poner en marcha el proyecto de construcción del nuevo Palacio Episcopal. A pesar de sus marcados contrastes, la Plaza de la Catedral de finales del XIX era un escenario acogedor, un lugar lleno de vida como lo era la Puerta de Purchena o el mismo Paseo. Todavía se celebraban por mayo las llamadas veladas del Corpus, en las que el recinto se transformaba en una fiesta con puestos ambulantes y bailes, y todavía, cuando llegaba el mes de agosto, era el escenario escogido para trasladar los puestos del mercado, que se veían obligados a dejar la Plaza Vieja, que era invadida por la feria.
Los viernes, la Plaza de la Catedral se transformaba en un santuario de la mendicidad debido a que el Obispo, don Santos Zárate, tenía por costumbre el reparto de limosnas entre los más necesitados. La distribución se hacía al mediodía delante de la puerta principal del palacio episcopal. A esa hora eran cientos los mendigos que acudían a la cita para recibir una ración de pan con embutidos y la ropa usada que las monjas de los conventos conseguían reunir a lo largo de la semana.

1965 De matanza en el Calvario (Beninar)

Beninar (Almería) 1965. De matanza en el Calvario. Foto A.Lopez
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La matanza del cerdo ha sido una costumbre arraigada a muchas zonas de España. De hecho, este rito está en nuestros genes y se ha transmitido de generación en generación. Constituía tres días de frenético trabajo en casa.
La época del año elegida para su celebración es el invierno- de noviembre a marzo, más exactamente-, ya que las frías temperaturas evita posibles ataques de insectos a los embutidos y facilitan la cura de la carne.



25 de enero de 2018

1967 Muelle pesquero de Garrucha


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La localidad almeriense de Garrucha posee 3 puertos integrados en una sola estructura portuaria. Posee un puerto deportivo, un puerto comercial y un puerto pesquero, siendo por tanto uno de los puertos más importantes de la provincia de Almería.

En el puerto comercial de Garrucha se cargan baritina, mármol de Macael, madera y mineral de yeso.
El puerto pesquero es famoso por su pescado mediterráneo de calidad y, sobre todo, por sus gambas rojas y mariscos.

Del Yugo a la Voz. La revolución que trajo el ordenador

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El primer ordenador llegó en 1982 y trajo un nuevo sistema de composición e impresión
En 1997 los periodístas usaban todavía las máquinas de escribir.


25 Enero 2017 Eduardo del Pino para La Voz de Almeria


La redacción de Yugo en General Segura
El viejo Yugo, que había comenzado a caminar el 29 de marzo de 1939 con cuatro páginas y que durante tres días llevó el título de Nueva España, escribió más de treinta años de historia en aquella sede del centro de la ciudad frente al cine Hesperia. Allí vivió su primera pequeña revolución cuando en 1962 sus dirigentes decidieron que ya era hora de cambiarle el nombre y adaptarse a los nuevos tiempos. Entonces nació La Voz de Almería, con otro diseño, con más páginas, con otras formas de entender el oficio, con nuevos aires de libertad que permitieron los primeros atisbos de un época que estaba por venir. Sorprende, repasando los periódicos de aquél tiempo, las críticas, a veces duras, que se hacían a nivel local, poniendo en entredicho la labor de las autoridades políticas de entonces. La política de Estado seguía siendo intocable en los años sesenta, pero en los temas cercanos la prensa ya se atrevía a ejercer su necesaria obligación de la crítica.

La calle del General Segura también se quedó antigua como se había quedado el Yugo, y en el verano de 1974 se inició la primera gran etapa de transformación con el traslado a un nuevo edificio en la Carrera de Montserrat, que entonces estaba en las afueras, un lugar por urbanizar donde era posible mantener unos talleres nocturnos sin perjudicar a la vecindad.

Era un edificio de tres alturas: abajo estaban los talleres con la rotativa; en la primera planta las oficinas de la administración, y arriba la sala de los redactores. Cuando el trabajo de los periodistas empezaba a declinar se iniciaba la actividad en la sala de máquinas, donde cada madrugada se asistía al milagro de un nuevo parto. Era emocionante para aquellos que empezábamos a dar nuestros primeros pasos en la profesión, salir de noche del trabajo y regresar unas horas después para ver cómo salían los primeros periódicos esparciendo un intenso olor a tinta y a papel que acentuaba la magia del oficio.

Con la nueva sede de la Avenida de Monserrat empezaron a llegar las grandes transformaciones. En el mes de febrero del año 1982 llegó a los talleres la más moderna maquinaria de prensa entonces conocida, con un sistema de composición por ordenador electrónico y de impresión en offset que dio más calidad al producto y acortó los tiempos de elaboración. Las letras de plomo ya se habían quedado colgadas del pasado y también empezaban a ser de otro tiempo las históricas Hispano Olivetti que parecían estar fabricadas a prueba de bombas. Mientras las primeras revoluciones técnicas se imponían en la sala de máquinas, en la redacción se seguía trabajando como cuarenta años atrás: la máquina de escribir y el folio sin otra modernidad que aquel líquido de tapar errores que llamábamos Tipex. Era un trabajo lento, pura artesanía, donde cada errata suponía varios minutos de retraso, donde había momentos en los que había que esperar el turno para poder disponer de una máquina decente que se desplazara a la misma velocidad que lo hacían nuestros dedos.
Talleres y Rotativa de La voz en la Avenida Montserrat en los años 80

Hubo que esperar a 1987 para que la revolución de los ordenadores alcanzara también a los periodistas. No fue fácil la adaptación. Las viejas máquinas de escribir eran lentas, de otro siglo, pero las primeras computadoras que llegaron no eran bólidos funcionando y había que darles tiempo para que echaran a andar, para que guardaran el trabajo realizado, y había que tener paciencia para no tocar la tecla equivocada y perderlo todo en un segundo. La historia de los primeros meses con ordenador está repleta de páginas perdidas en ese limbo de la informática, de pequeños errores que te condenaban a tener que volver a empezar.

  

La redacción de La Voz en Octubre de 1987

El periodismo de aquellos años ochenta seguía teniendo una lentitud secular. Las noticias no envejecían de la noche a la mañana como ocurre ahora, y el trabajo de los redactores se ejecutaba con otros ritmos. Las mañanas eran de calle, de búsqueda de noticias en un tiempo donde no existían los teléfonos móviles y había que salir fuera para empaparse de la vida. Las tardes eran profundas y las noches se convertían en madrugadas esperando las noticias de última hora, sabiendo que la rotativa estaba aguardando abajo y que era posible entregar una página a la una de la mañana sin riesgo de romper la cadena de montaje y distribución.

1898 La plaza de San Antón y la Alcazaba

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La ermita de San Antón es un templo católico construido a finales del siglo XIX en la ciudad española de Almería, en el populoso barrio de la Almedina.
Construida en el solar de una antigua mezquita la ermita da nombre a una de las calles más populares del centro histórico de la capital almeriense, entre el Reducto y la Plaza de Pavía.

En 1877, a raíz de la desamortización, José María Orberá y Carrión, obispo de Almería, instaló a las monjas del Convento de Santa Clara de la capital en unas casas adyacentes a la actual ermita, en las que residieron hasta 1899. Tras su regreso a su convento original, la ermita continuó como oratorio público, inaugurándose en 1908 una especie de gruta dedicada a la Virgen de Lourdes que se hizo muy popular.

San Antón es considerado desde entonces patrón del casco histórico almeriense, y en su honor se queman hogueras el 16 de enero. Durante esta festividad se come y se bebe al calor de las hogueras y, tradicionalmente, se bendecían los animales y se subastaban los tradicionales "rabicos", rabos de cerdo engalanados de coloridos lazos, para financiar la restauración de la ermita, que resultó dañada durante la Guerra Civil Española. Hoy día se ha restaurado para el culto público.

La Azucarera de La Vega

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29 Septiembre 2014, Antonio Sevillano par a Diario de Almeria


La vega almeriense que se extiende en los márgenes del Andaráx estaba en disposición de ofrecer cultivos alternativos a los de maíz, cereales u hortalizas. En especial la caña de azúcar. Para ello era necesaria una maquinaria capaz de completar el proceso de molturación y transformación en un producto alimenticio básico y escaso en la península. Las plantaciones eran posible a todo lo largo del litoral, desde la capital a la desembocadura del río Adra, en donde ya existía una tradición de siglos, dada su mediterraneidad y benignidad climática durante todo el año. Era el caso de la cercana Vega, con agua suficiente -el caudal disponible aumentó con sondeos practicados por la sociedad propietaria del Ingenio- distribuida por partidores y boqueras a los pagos del Mamí, Jaúl, Bobar o huertas de San Sebastián. Sin embargo, el ambicioso proyecto industrial que habría cambiado, a mejor, las condiciones socioeconómicas de sus habitantes quedó abortado desde su propio nacimiento.

Entusiasmo inaugural

La guerra a finales del XIX en Ultramar rebajó drásticamente la zafra de caña en Cuba y la subsiguiente exportación de azúcar a la metrópoli, llegando a crear problemas de abastecimiento. La banca catalana, a través de su subsidiada Compañía Peninsular Azucarera, valoró positivamente la inminencia de un próspero negocio instalando una fábrica (Ingenio) en las afueras de Los Molinos de Viento. En 1883 adquirieron la finca La Mezquita, junto a la de Francisco Barroeta, en el paraje de El Puche. En medio de la general curiosidad, el mes de enero de 1885 desembarcó en el Puerto la voluminosa maquinaria -350 toneladas- que, impulsada por motores de vapor Watt, sería montada por personal cualificado.

Y llegó el día de su multitudinaria inauguración. Por el periódico La Crónica Meridional, que le dedicó la portada y segunda página del sábado 28 de febrero de 1885, sabemos que apenas sonaron las doce en las campanas de todas las iglesias, desde la Puerta de Purchena "una interminable fila de carruajes iba dejando sin cesar en el vestíbulo de la fábrica a hermosas damas y señoritas de nuestra buena sociedad, comerciantes, banqueros, magistrados, artesanos humildes y a representantes de todas las clases que acudieron presurosos a demostrar su contento". Gozosos, ya que en pocas fechas, al igual que en otras provincias más afortunadas, Almería se vería "coronada por la diadema de las espirales del humo de sus máquinas industriales y arrulladas por el rumor que al agitarse producen las ruedas de sus locomóviles y de sus artefactos de vapor". El retórico lenguaje de La Crónica en ningún momento especifica que fuesen invitados los sufridos labradores de la Vega. De inicio, mal augurio.

Antes de que el champagne regase las bandejas de exquisitos canapés, y después de que el obispo José Mª Orberá bendijera las instalaciones -flanqueado por al gobernador Civil, Giménez Ramírez, y alcalde interino Agustín de Burgos-, el gerente de la Compañía Azucarera e ingeniero director, Sres. Vilaseca y Bover Muntadas, agradecieron a los más de seis mil asistentes su presencia en aquella mañana primaveral. El memorial que en 1916 el Ayuntamiento eleva al Consejo de Ministros solicitando que en las trece hectáreas que ocupaba el Ingenio -lindante con las vías del tren- se estableciese la reserva estratégica de tropas ante la guerra de Melilla, enumera de primera mano sus instalaciones: siete naves levantadas sobre base de mampostería (dos de ellas específicas para la molienda de caña); grupo de casas para técnicos y obreros; dos grandes almacenes, casa-cortijo y una espaciosa cuadra para caballerías y vacas de leche. Del complejo industrial se ha conservado -retranqueada cien metros a Levante y sin la rejería primitiva- la hermosa puerta de piedra berroqueña de tres arcos (protegida por el Pgou), sobre la que campea el año "1885" y los escudos de Barcelona y Almería. El diseño se debe, casi con certeza, al arquitecto provincial Enrique López Rull.

Proyecto interruptus

Tres meses transcurrieron previos a que echase a andar: "En la mañana de ayer (LCM, 15 de abril de 1888) comenzó a funcionar el Ingenio de Montserrat que en esta capital posee la opulenta Compañía Peninsular Azucarera. Como comprenderán los lectores, durante la faena se da trabajo a gran número de obreros, remediándose en parte la crisis por la que atraviesa esta parte de la sociedad, la más digna de atención". A pleno rendimiento, le personal permanente se cifraban en 60 hombres, además de cientos de jornales destinados a la plantación, laboreo, recolección y acarreo a pie de fábrica de la caña. Pese a la millonaria inversión, la obtención de azúcar refinado devino, lamentablemente, en un rotundo fracaso a un año vista. Otra gacetilla (LCM, marzo) anuncia la triste nueva: "Ayer circuló el rumor de que toda la maquinaria del Ingenio de Montserrat había sido adquirida por el rico propietario de Granada D. Juan Ramón La Chica, encontrándose ya en esta capital el ingeniero y montadores que ha de dirigir el desmonte de los aparatos que serán trasladados a Granada… ". El cierre estaba motivado por la falta de materia prima en cantidad suficiente para que fuese rentable. Aunque la Compañía había adquirido muchísimos marjales de tierra para plantar "cañaduz" y facilitado semillas, los propietarios grandes y pequeños de la Vega no le secundaron. Las razones hay que buscarlas en su tradicional conservadurismo a la hora de aventurarse con cultivos distintos a los habituales de sus abuelos desde siglos.


Al siguiente año retoma el negocio la razón social Cumella y Compañía en comandita, sustituyendo la caña de azúcar por remolacha y adquiriendo nueva maquinaria en Amberes a Fives-Lille, empresa constructora del ferrocarril Linares-Almería. En 1895 es la empresa Gómez, Sánchez y Cano quien adquiere el Ingenio de Ntra. Sra. de Montserrat, en un "proyecto que de nuevo abogará por el cultivo de remolacha azucarera en la Vega". Funcionó con relativo éxito hasta que en 1904 cerró sus puertas definitivamente. A falta de una investigación sistemática, poco sabemos de su ocupación, destino o propiedad a partir de esta fecha. Tras la iniciativa fallida de convertir el Ingenio en un centro logístico militar (coordinando al cuartel de La Misericordia y campamento Álvarez de Sotomayor, en Viator), la siguiente noticia municipal data de tiempos de la II República (sesión de 24/10/1932: "El concejal Sr. Villegas propuso se autorice al Sr. Alcalde para gestionar el arrendamiento de un local en el Ingenio de Montserrat para instalar el mercado de ganados que mensualmente se celebra en la Vega. Y se acordó conceder al Sr. Alcalde la autorización solicitada".

24 de enero de 2018

El sanatorio de los hijos de la mar

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El obispo Ródenas rociaba el agua bendita con el hisopo una mañana de 1965 y arrancaba la historia de la Casa del Mar, el sanatorio de Pescadería y La Chanca 

22 Enero 2017 Manuel León para La Voz de Almería 


La Casa del Mar en construcción por el arquitecto Javier Peña
A ese hospital humilde que aún olía a nuevo íbamos a nacer los hijos de pescadores de la provincia. Familias de armadores, rederos y marengos de Adra, de Roquetas, de Carboneras, de Garrucha, que se desplazaban en un taxi 1.500 o en el auto de algún vecino filántropo, con la parturienta a punto de romper aguas por la recta de Tabernas, mientras el padre de lo que venía fumaba un pitillo tras otro sudando y con la ventanilla abierta.

En ese hospital nacieron también todos los hijos de la mar de los barrios de Pescadería y La Chanca, desde mediados de los 60, poniendo fin a esa costumbre de venir al mundo en la cama del hogar, con el vientre de la madre frente a una palangana con agua caliente y las manos de una partera como fue Gloria Sevilla sacando al neonato.

Todo ese ritual de traer hijos al mundo se fue extinguiendo a partir de que empezó a funcionar el nuevo sanatorio de la Casa del Mar, junto a la Carretera de Málaga, con las torreones morunos de la Alcazaba a sus espaldas y enfrente el mar latino, los penachos de humo del Melillero y las mismas crestas del Gurugú en lontananza cuando no hacía boria.

Por la construcción de ese centro médico, de ese sanatorio, aspiración de la clase pescadora, de la gente con las manos rugosas y morenas de remendar, lucharon los abuelos y los padres, tanto como ahora los nietos por su reapertura tras un lustro varado frente al viejo Varadero.

Tras varios años de concentraciones, manifestaciones, huelgas de hambre, pancartas, recogida de firmas y encadenamientos de los vecinos de ese barrio donde empezó la ciudad, la Junta de Andalucía ha anunciado la licitación de las obras para que una comunidad entera que habita casas de colores, que canta y baila flamenco al atardecer a pesar del luto de los naufragios, vuelva de nuevo a sonreír frente a la bahía.

La historia de la Casa del Mar principió cuando la Cofradía de Pescadores, presidida por Pedro Cazorla, compró un solar a pie de carretera, bajo el Camino Viejo y lo donó al Instituto Social de la Marina para agrupar todos sus servicios sanitarios y sociales. Una labor que inició Alfredo Saralegui, un santo varón que fue Comandante de Marina antes de la Guerra y que consiguió crear el Pósito de Pescadores de Almería y el subsidio para que los ancianos marineros que no tenían familia no murieran de miseria a la vejez.

En 1961 se anunció la construcción bajo la dirección del arquitecto Javier Peña. Durante cuatro años se dilataron las obras del edificio, que aparecía como un galeón varado junto a la carretera cuando los pescadores del barrio volvían del Puerto tras echar el jornal, con los pantalones arremangados, como los apóstoles en el mar de Galilea, camino de sus casitas chatas, algunos con un fandango en los labios y soñando con ver terminada algún día su Casa del Mar.

Ese viejo anhelo se cumplió una mañana abrileña de 1965 cuando el ministro de Trabajo, José Romeo Gorría, que había llegado en el tren expreso de Madrid -aun no había aeropuerto- cortó la cinta inaugural y largó esos discursos grandilocuentes que tanto se estilaban entonces, asegurando que era el “ministro del proletariado” y que “el Caudillo velaba cada día por los almerienses”. Es decir, lo mismo que decía -cambiando el gentilicio- en Santander, en El Ferrol o en Algeciras. La explanada del Puerto y los malecones se habían llenado de cientos de gentes de la mar de toda la provincia con pancartas de agradecimientos y vítores en los labios, junto a una formación de alumnos de la Escuela de Orientación Marítima.

La Casa del Mar quedó oficialmente inaugurada cuando el obispo Ródenas roció el agua bendita con el hisopo y cuando apareció el capellán, Pedro Pizarro, el cura de San Roque, Marino Alvarez y las monjitas con esa especie de gaviotas disecadas en la cabeza.

El ministro impuso la Medalla al Mérito al Trabajo a la venerable anciana de 89 años Encarnación Escánez, que había perdido a tres hijos y a dos yernos en el naufragio del María Enriqueta y que se tuvo que quedar a cargo de 23 nietos. También prometió apoyo para la operación de oído de la joven Elvira Quero, hija de pescador, tras haber recuperado la vista en una operación en la clínica de Barraquer.

Tras unas pocas horas, clausuradas con un opíparo almuerzo en el Club de Mar, agasajado por el Gobernador Luis Gutiérrez Egea y por el alcalde, Antonio Cuesta Moyano, el gerifalte se fue con viento fresco rumbo a Málaga.

Almería ya tenía su casa del Mar, la misma que ahora está cerrada; los chanqueños, las familias de Pescadería ya tenían su sanatorio, su quirófano, su sala de rayos X, sus médicos como don Manuel de Oña y don José Abad y sus matronas dispuestas a seguir ayudando a alumbrar hijos de pescadores con e apoyo de las religiosas que vivían en el ático.

Cuentan en el barrio que uno de los primeros internos en el sanatorio fue un marinero noruego con calenturas que se enamoró de los ojos de una de las monjas más jóvenes y al que no había forma de sacar de las sábanas con el alta médica.

Desde entonces y durante cuatro décadas, la Casa del Mar se fue convirtiendo en parte sentimental de ese barrio consagrado al gremio de mareantes, puesto que allí nacimos muchos de los que ahora vemos cómo se desmocha.

1910. Emigrantes almerienses rumbo al nuevo mundo

Puerto de Almería, Mayo de 1910. 
#AlmeriaBW, #ABW,  #Puerto, #emigracion, #1910

Pie de foto: "Embarque de 920 emigrantes en un vapor de los que frecuentemente visitan aquel puerto". Foto Sanchez para la revista  Actualidades.
En esa época numerosos barcos fondeaban en los puertos costeros para recoger emigrantes con destino al Nuevo Mundo.


23 de enero de 2018

52 años con 8 kilos de plutonio bajo los pies

#AlmeriaBW, #ABW, #Palomares, #AccidenteNuclear, #1966, #17Enero
Los norteamericanos apenas se llevaron 270 gramos radiactivos en 4.810 barriles
La actividad máxima de contaminación se producirá en torno a 2035

23 de Enero de 2017, Fernando de Espino para Diario de Almería




La primera y única descontaminación de Palomares fue una tapadera. De los nueve kilogramos de plutonio que cayeron sobre la pedanía de Cuevas del Almanzora, los norteamericanos apenas se llevaron 270 gramos, eso sí, repartidos en un total de 4.810 barriles. De estos, 4.808 fueron enterrados en un cementerio nuclear estadounidense y dos se enviaron a laboratorios de Los Álamos, en Nuevo México, para que se examinada su contenido. Hace exactamente 51 años que un bombardero y un avión nodriza KC-135 (cargado con 110.000 litros de combustible) colisionaron sobre esta franja almeriense. Cuatro bombas nucleares cayeron y aunque por suerte no detonó ninguna de ellas, el plutonio que cargaban se extendió por el suelo de Palomares.

Tras una semana sin que la zona fuera protegida, los norteamericanos fingieron una especie de limpieza con la no llegaron a retirar ni un kilogramo de material radiactivo dejando el resto allí.

Varias décadas después llegaron los debates sobre qué zonas podían estar contaminadas y qué otras no, ampliándose incluso el vallado al detectarse, por parte del CIEMAT, que la amplitud de la radiación era mayor.

El caso Palomares está aún por descubrirse. Las mentiras y el secretismo se llevan la mayor parte de la información de lo que pudo ser una tragedia de terribles consecuencias, pues, hasta que en la Segunda Guerra Mundial no se hizo uso de armas nucleares en Japón, este había sido el mayor desastre nuclear hasta el momento.

De seis preguntas que se han formulado en el Congreso de los Diputados respecto al asunto, tan solo se ha contestado a una, y en ella nadie nadie accede a dar detalles, pues, dicen, lo sucedido en Palomares sigue siendo un asunto confidencial. La legislación española no permite, al menos en un plazo medio, que ningún secreto de Estado como este sea desclasificado, así que la poca información que se posee proviene de los archivos de Estados Unidos que sí han visto la luz.

José Ignacio Domínguez, piloto de cazas, comandante de la compañía Iberia, miembro de la Unión Militar Democrática, abogado, actualmente coordinador de Ecologistas en Acción para la problemática medioambiental de Palomares, explica que los gobiernos sabían "perfectamente que los americanos no se habían llevado nada. Nadie avisó a los agricultores que estaban trabajando en medio de polvo radiactivo. No tenían suficiente fuerza para que se actuara. Fue durante la burbuja inmobiliaria, en 2003, cuando se faculta al CIEMAT para expropiar las tierras contaminadas". Domínguez califica de despropósito que desde que en 2010 se anunciara un Plan de Rehabilitación no se haya dado ningún paso al respecto. Por eso anuncia que Ecologistasque llevará a los juzgados al Consejero de Seguridad Nuclear si no se retira la tierra radiactiva: "Es un área contaminada que ni siquiera está registrada como zona de áreas contamiadas. Es, simplemente, un cementerio ilegal del que no hay papel alguno".

Rafael Moreno, periodista y profesor de la Universidad Complutense, autor del libro La historia secreta de las bombas de Palomares, subraya que "es falso que los terrenos están igual que antes del accidente, las tierras no están limpias". Además, narra cómo los Estados Unidos dijeron que no actuarían sobre la zona hasta que España tuviera Gobierno: "Ya lo hay y nadie ha dicho qué va a pasar. Además, se informó de la creación de una Comisión Mixta. Yo he preguntado y ne sé si está". Moreno hace un llamamiento: "Solo depende nosotros que la segunda limpieza de Palomares sea la definitiva. Los técnicos ya han hecho todo el trabajo, hay que presionar al Gobierno. Sin embargo, tras lo visto en los últimos 14 messe no parece que se vaya por el buen camino". José Herrera es comisario de la exposición y catálogo Operación Flecha Rota. Accidente nuclear en Palomares, Almería, guionista y director del documental Operación Flecha Rota, producido en 2007: "¿Qué tenemos en este 2017? El mismo nivel de secretismo. Cualquier funcionario puede decidir cuándo algo es confidencial de manera impune. No es lógico que solo se haya contestado a una de las seis preguntas que se han formulado parlamentariamente".

1930 Cosechando la uva en el cortijo Cucarro

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El cortijo Cucarro está situado al final de la rambla Belén y en los años 30 cultivaba uva de mesa. En la foto, los gaveteros trasladan la uva desde el parral a la zona de pesado para su posterior limpieza. El dueño de la finca y su hija pesan las espuertas de acarreo con una romana.
Colección Rafael Aparicio
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22 de enero de 2018

1905 Vista panorámica del puerto desde la Chanca

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Postal coloreada de Lacoste impresa para Moya 



1911. El pinar de Bédar (Almeria).


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En el pinar de Bédar se encuentra la considerada mina más antigua de la zona (1848).





Bedar es una de las pocas poblaciones del levante almeriense donde todavía podemos obvservar las típicas construcciones moriscas realizadas en termoarcilla. Este material era muy utilizado por la antigua población para construir viviendas dado su gran capacidad aislante y gran resistencia. Una prueba la podemos encontrar en las cuevas situadas en El Marchal (cortijada situada al oeste de Bedar).


Bedar Minera

Las explotaciones de minas se remontan a la época árabe desde 1525, aunque su mayor apoyo comienza en 1888, estando ya en manos cristianas. Tras varios paréntesis, coincidiendo con las Guerras Mundiales, cierran en 1970 definitivamente, dejándonos un importante legado arqueológico industrial.

La minería, empieza por ser una estrategia política, en 1525, para implantar la fe cristiana en los territorios ocupados por los Musulmanes, en las proximidades de Serena.

En 1569, todavía se encontraban en explotación y se aprecia la existencia de 115 minas en Bédar en 1846 (la mayoría de ellas de hierro).

Cuando se produce la apropiación de la Sociedad Martinete, perteneciente a la órbita de los Orozco, en 1858, que empieza una explotación a mayor escala.
La falta de transporte adecuado para el mineral venció el intento de explotación.
A su vez, la Compañía de Águilas, también fracasaba con su lavadero de plomo en el Pinar, es por lo cual decidió arrendarle las minas a la Sociedad Martinete y así instalar el cable aéreo más largo de España y segundo de Europa, en aquella época, que iba desde Serena a Garrucha.

Un propietario de algunas de las minas de Bédar era Clifton Perket, Vicecónsul inglés, en Garrucha que decidió cederle al industrial Vizcaíno, Víctor Chávarri y Salazar, un paquete de minas a cambio de construir un ferrocarril.
Se crea entonces, las sociedades de Minas Chávarri, Lecocq y Cia y Sociedad Vizcaína de Bédar, con capital inglés y vasco, con la construcción del ferrocarril y del Cable Aéreo.
Se incrementaron las pequeñas sociedades locales utilizando los transportes ya existentes como Ureña, Trinidad y la Garrucha Fron Mining Company Ltd.

Después de la 1ª Guerra Mundial, hay un parón en la actividad minera que retornará toda su fuerza en el año 1919, cuando se asocian a Sociedad Chávarri y Cia, con la Sociedad la Unión Bedareña.

En la década de los veinte, se paraliza de nuevo, hasta que en 1952, la empresa Hierros de Garrucha, vuelve abrir las minas hasta su cierre definitivo, en 1970.
Se puede acentuar que en el siglo XIX, la actividad minera del municipio de Bédar marco una etapa de prosperidad, siendo la tercera cuenca de hierro en importancia que tenga la provincia, detrás de Filabres.

21 de enero de 2018

El hombre del camión de agua de araoz


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Las tiendas de barrio tenían un depósito de uralita para la venta del agua de Araoz


19 Enero 2017 Eduardo del Pino para La Voz de Almería




En las tiendas de barrio existía el rincón del agua de Araoz, con un depósito que casi siempre era de uralita, y un rudimentario sistema de enfriamiento antes de que se democratizara el uso de los frigoríficos. En la tienda de mi padre las tuberías del agua de Araoz pasaban por un compartimento, que era un humilde y simple cajón, donde se colocaban las barras de hielo que obraban el milagro del agua fresca. Todos los años, cuando llegaba el mes de junio, empezaba el ritual de los ‘viajes’ a por el hielo. Había que acercarse a Pescadería para comprar las barras en la fábrica y transportarlas luego en un carrillo de mano, a toda velocidad y con un saco encima, para evitar que se derritieran antes de tiempo.

En aquellos años sesenta, cuando tener un frigorífico era un pequeño lujo que fue llegando poco a poco a los comedores de las casas, beberse un vaso de agua fresca era un gran acontecimiento y en las tiendas se hacía un buen negocio a fuerza de vender vasos de agua fresca a dos reales. Todavía se utilizaban los botijos de barro, aquellos que nuestras madres y nuestras abuelas adornaban con tapaderas de ganchillo, por lo que una estampa habitual de entonces era la de la gente acudiendo a la tienda a llenar el botijo de agua fresca o la botella de cristal antes de que empezaran a salir al mercado las de plástico.

La venta de agua le dejaba un escaso margen al tendero, pero era obligado dar un buen servicio porque el que iba a por agua siempre acababa llevándose algo más. Solía ocurrir con frecuencia, al menos en mi tienda, que el depósito se quedaba vacío y los parroquianos dejaban la garrafa junto al grifo y después venían a recogerla, o que dejaran el encargo para que los niños del negocio les acercáramos después la mercancía, por cuyo favor siempre caía alguna propina. Hubo un tiempo en el que pusieron de moda unas garrafas de colores con tapón blanco y un asa de hierro que se te quedaba clavada en las palmas de las manos.

El día que más se vendía era cuando se iba el agua, un suceso que solía ocurrir con frecuencia en verano, dejando secas las tuberías durante horas. Había que recurrir entonces al agua de Araoz para lavar los platos y asearse. Una imagen también habitual de aquellos tiempos era el de las mujeres apiñadas en la parte trasera del camión del agua, esperando la cola para llenar varias garrafas.

La venta del agua de Araoz creó un oficio, el de los repartidores que iban por la ciudad con sus camiones cisternas. Llegaban, aparcaban sobre la acera si era preciso, e instalaban aquel simple mecanismo en el que la manguera se introducía por la parte superior del depósito y era accionada con un motor. Mientras se llenaba el recipiente, que no solía tardar más de cinco minutos, el repartidor se sentaba a descansar y a charlar un rato con el tendero. Aquellos mercaderes del agua iban de tienda en tienda, de barrio en barrio, y conocían de primera mano todo lo que iba sucediendo en la ciudad, por lo que eran buenos compañeros de conversación para romper la monotonía de la tienda.

En Almería fueron muchos los que se ganaron la vida llevando el agua de un establecimiento a otro, primero en carros y después en modernos camiones. Uno de los más antiguos, que empezó después de la Guerra Civil, fue Juan Garrido Fenoy. Tenía un carro de madera tirado por un mulo con el que iba por las calles despachando el agua de puerta en puerta. Todas las mañanas, al amanecer, iba con su carro al depósito del agua que estaba en la calle de Zaragoza, lo llenaba y empezaba el reparto por las calles del centro, que era el distrito que tenía asignado. Juan recorría las calles con una puntualidad exacta, de tal forma que las mujeres ya sabían a la hora que el vendedor pasaba por su puerta. Cuando llegaba el carro salían al tranco a llenar las cacharras y las garrafas. A la una de la tarde, dejaba de trabajar, aparcaba el carro en la Plaza del Lugarico y se dirigía a su casa para almorzar. A primera hora de la tarde volvía a la faena, que se prolongaba hasta que empezaba a echarse la noche. Al terminar la jornada se dirigía otra vez al depósito de la calle de Zaragoza para dejar allí el agua que no había vendido. Antes de marcharse a descansar, tenía que pasarse por la casa de don Joaquín Cumella Orozco, el dueño del negocio, para entregarle la recaudación del día y hacer las cuentas.

1936 La fachada de Almería a la rambla

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Vista aérea de la fachada de la rambla entre las calles Eguillor y Terriza
Con el edificio del Palacio Convento del Obispo Orbera en primer plano, la Avenida Blasco Ibáñez (Rambla Obispo Orberá) cubierta de arboles que confluye en la Plaza Ramón y Cajal (Puerta de Purchena) con el Paseo de la República (Paseo de Almería).

Destaca la cubierta del Mercado Central, el patio descubierto de la Diputación, los edificios de Rodriguez, Correos y el kiosco de la Música en el Paseo, el jardín del Gobierno Civil en Javier Sanz esquina Valero Rivera.

20 de enero de 2018

1958 La fabrica de esparto del camino de los depósitos


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La fábrica de esparto La Andaluza a la orilla de la rambla de Iniesta, junto a las casita de Papel.  A la izquierda asoma la Escuela de Maestría. Los bancales de las huertas que bordean la carretera de Ronda. La fábrica de la Magnesita (minas de Gador) y las casas de los obreros perfectamente alineadas.

1935 La ilusión de ver la nieve en la Puerta de Purchena


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Cruzamos la infancia soñando con aquella nevada del 35 que vivieron nuestros padres

20 Enero 2017  Eduardo del Pino para La Voz de Almería



Puerta Purchena el 9 de enero de 1935

Nos pasamos la infancia soñando con un día de nieve. Cuando Mariano Medina, el hombre del tiempo, anunciaba un temporal de frío, teníamos la esperanza de que por una vez nos tocara a nosotros, que cayera la nieve por nuestras calles, que no pudiéramos ir al colegio ese día. Ocurría que el temporal casi siempre pasaba de largo o como mucho dejaba su huella en los pueblos de la sierra, por lo que al fin de semana siguiente no nos quedaba otro camino que irnos de excursión con nuestros padres buscando la nieve. Nos pasamos la infancia buscando la nevada que nunca llegaba. Alguna vez la sentíamos tan próxima que al granizo le llamábamos nieve ya que al menos nos dejaba su rastro blanco sobre los terrados y las calles. lo que nos permitía imaginar cómo sería nuestro entorno diario en un día en el que nevara de verdad.

A finales de los años sesenta, los inviernos parecían más crudos. Las casas no estaban tan preparadas y no teníamos calefacción ni los sofisticados calentadores que hay ahora. En mi barrio, en la mayoría de las casas las familias se calentaban alrededor de la mesa de camilla, donde se colocaba el brasero lleno de ascuas, que era el calentador de los pobres. Después vino el progreso y se pusieron de moda las estufas de gas, aquellos artefactos que parecían un mueble que llevaban dentro una bombona de butano. Emitían un calor pegajoso que a muchos nos dejaba una desagradable sensación de mareo. Las anunciaban por televisión con un eslogan pegadizo que decía: “Calienta, pero no quema. Calor blanco con Buta Therm’x”. En mi calle se vendieron mucho las estufas de la marca ‘Super Ser’, que en la publicidad nos constaba que “con estufas de gas butano, calor económico”.

Eran las modernas estufas catalíticas de la época, cuando no sabíamos qué significaba ser catalítica, en aquellos años en los que nos pasamos la infancia soñando con un día de nieve, como el que nos contaban nuestros padres que vivieron cuando eran jóvenes, aquel invierno de 1935 que nevó de verdad, dejando su sello en todos los monumentos de la ciudad.

Nos contaban que fue un invierno más frío de lo normal en Almería, que durante la madrugada del nueve de febrero de 1935 estuvo lloviendo de forma suave, una lluvia como de terciopelo que mojaba débilmente las calles. Unos minutos antes de las nueve de la mañana las gotas de agua empezaron a transformarse en nieve. Al principio, copos pequeños, casi inapreciables, que poco a poco fueron dando paso a una nevada como dios manda.

La prensa del día relataba el acontecimiento de la siguiente forma: “Iniciose la nieve con la mañana, y no a modo de copitos aislados, sino formando una sábana flotante que, ligeramente movida por el aire, nos recordaba esas nevadas de artificio que se ven en el cine”. Y no exageraba el cronista. La ciudad, en menos de una hora, parecía una estampa sacada de una película, con un manto blanco que hacía irreconocibles rincones como las murallas de La Alcazaba o los hierros del Cable Inglés. Los árboles del Paseo se vistieron de blanco y los taxis, que a esa hora formaban una fila en las cercanías del Hotel Simón, tuvieron serias dificultades para poder circular. Los coches de caballos patinaban y las calles se llenaron de mirones para admirar semejante espectáculo. En el Parque apenas se veían los árboles y los barcos del puerto parecían varados en medio de un mar de cristal. “La constancia de la nieve hizo que ésta no se derritiera fácilmente, y así sucedió que a media mañana la ciudad ofrecía un aspecto inusitado de curiosidad”, contaba el periódico al día siguiente.

A media mañana, cuando empezó a salir el sol, comenzó un nuevo espectáculo tan asombroso como el de la nevada: el de la lluvia de artificio que se desprendía de los balcones y cornisas después de deshacerse la nieve. La estampa era insólita, con el sol en medio del cielo y el agua cayendo por todas las fachadas de los edificios, escenas que obligaban a los transeúntes a abandonar las aceras y transitar por en medio de las calzadas para evitar el chaparrón.
El termómetro no pasó en toda el día de los seis grados y la mínima se quedó en cero grados. La nieve alteró el pulso de la ciudad aquella mañana. Ese día el ministro de Obras Públicas, José María Cid, llegó a Almería para visitar la zona de la Alpujarra en la que se proyectaban grandes obras hidráulicas. Tuvo que llegar en tren y cuando se disponía a visitar los pueblos del poniente, la comitiva de vehículos tuvo que regresar debido al mal estado de la carretera que hacía patinar los coches.

19 de enero de 2018

1961 la vieja locomotora a vapor

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Diciembre de 1961. Estación de Ferrocarril de Almería. Locomotora 140-2065
Foto: Wiseman





Debido a las dificultades para importar locomotoras durante la Primera Guerra Mundial y ante la necesidad de disponer de locomotoras de mayor potencia, Andaluces transformó algunas locomotoras 0-4-0 en otras de rodaje 1-4-0. Después de la Primera Guerra Mundial, Andaluces se enfrentó a una infraestructura deficiente que no era adecuada a locomotoras de peso elevado como las ya empezaban a verse en las redes de MZA y Norte. El buen resultado de las transformadas en 1-4-0 contribuyó a la decisión de adquirir varias series de locomotoras 1-4-0 entre 1919 y 1928


La serie Serie 4105 a 4119 de Sur (140-2053 a 2067 de RENFE)
La última serie de locomotoras de vapor que encargó Andaluces fue para las líneas que explotaba de Sur donde constituyeron la serie Sur Serie 4105 a 4119. Fueron construidas en 1928 por Babcock & Wilcox. Tienen un diámetro de rueda más pequeño que otras series 1-4-0 debido a la dureza de la línea de Linares a Almería, líneas entre las de mayores pendientes de los ferrocarriles españoles, como es la de Línea de Linares a Almería, y Baza-Guadix. La serie 4105 a 4119 de Sur se asignó al depósito de Guadix. Eran locomotoras simples, de fácil mantenimiento, con un diámetro de ruedas motrices pequeño, aptas por tanto para fuertes rampas y trenes de mercancías no muy largos. El timbre de caldera era bajo para la época: hasta 12 kg/cm2, cuando eran muy normales de 14 y 16 kg/cm2. El diámetro de los cilindros el diámetro era de 500 mmm.

Cuando Andaluces se integró en RENFE, estas locomotoras formaron la serie 140-2053 a 2067. 

A esta serie pertenece la locomotora 140-2054 "Guadix", la única máquina de vapor de ancho ibérico que es alimentada con carbón. Fue restaurada en 2001 y cedida al Ayuntamiento de Guadix. Es utilizada para el "Tren de la Fresa" y otros trenes especiales. Es la locomotora más cinematográfica del parque español. La máquina ha sido utilizada en varias películas, entre las que destacan ‘Doctor Zhivago’, “El bueno, el feo y el malo” e ‘Indiana Jones y la última cruzada’.

La "Baldwin" de Guadix no es una Baldwin.
La locomotora 140-2054 "Guadix" es a menudo nombrada como la "Baldwin de Guadix". Sin embargo no fue construida por Baldwin sino por Babcock & Wilcox. La confusión sería debida a una abreviación de Babcock & Wilcox en "Bab-Wi" o "Badwi"  y a que Andaluces tuvo una serie de locomotoras de rodaje 1-4-0 fabricada por Baldwin (la Andaluces Serie 461 a 475 (1-4-0) construida en 1921 y que sería renumerada en Renfe Serie 140-2001 a 2015).

18 de enero de 2018

1914 La vieja estación del Ferrocarril

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La antigua estación de ferrocarril comienza a construirse en 1890 y es finalizada en 1893. Su inauguración se produce un año más tarde con la línea Guadix-Almería.Es una muestra perfecta de la arquitectura del hierro y del cristal. Su interior lo preside un reloj manufacturado por Paul Garnier.

Su fachada principal es de dos cuerpos, siendo el central de hierro y cristal, materiales característicos de la arquitectura del hierro. La más fiable información sobre el autor sostiene que fue diseñada por Laurent Farge, quien se encargo del proyecto de cálculo y montaje. Durante la Guerra Civil Española se construyeron dos refugios improvisados en su subsuelo. Además, durante un bombardeo, la vidriera frontal, el reloj anteriormente mencionado y la balaustrada de hierro que coronaba la construcción fueron destruidas, no por golpes directos sino por proyectiles que cayeron sobre las vías adyacentes. Esta balaustrada se sustituyó en los años 1970 por otra de ladrillo que fue retirada durante los trabajos de rehabilitación de la estación de 2017 y que será sustituida por otra más similar a la original.

Se incoó expediente para su declaración como Bien de Interés cultural en 1985. Aún no se ha culminado esta declaración

1966. Palomares. Aurea Martínez, la primera mujer periodista en acudir al suceso de Palomares

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Áurea Martínez Navarro, nacida en Almería en 1941, era la única redactora, en aquel periodo de la década de 1960


16/01/2017 Antonio Torres para La Voz de Almería 



Áurea Martínez, en sus tiempos de periodista en Palomares
Para ofrecer las crónicas telefónicas debían desplazarse a Cuevas del Almanzora y pedir a la telefonista del pueblo la llamada a cobro revertido. Las redes sociales, el satélite o internet todavía no reinaban. El sonido se recogía con los magnetófonos Grundig. Los periodistas de medios internacionales comenzaron a llegar. “Viajaba junto al entonces estudiante de Periodismo y colaborador de La Voz de Almería, Rafael Martínez Durbán, exdirector de Informe Semanal, el cámara y corresponsal de TVE Antonio Cano con su cámara y cinta de 60 metros y su esposa Pepita. Nos desplazamos en el Citroen dos caballos de Cano. Fuimos los primeros periodistas en llegar a Palomares”, señala Áurea Martínez.

“Hablamos con vecinos, tocamos todo el material y al día siguiente tuvimos que regresar por orden de Rafael Martínez de los Reyes, padre de Martínez Durbán, y delegado de Información y Turismo. Se nos ordenó regresar al día siguiente a Palomares con la misma ropa, incluida la ropa interior, metida en una bolsa para analizarla. A mí me quitaron los zapatos, que dieron positivo de radiactividad. Fueron momentos inolvidables, con heridos, restos humanos y de los aviones”, rememora mientras pasea a su perra Tula, rescatada de un centro de animales maltratados. Hubo desinformación, pese a que días después, el presidente de la Junta de Energía Nuclear, Otero Navascués, afirmara que se había conseguido dejar Palomares en las mismas condiciones en las que estaba antes del accidente, en línea con el embajador Duke y el comandante de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, general Wilson. Los hechos demostraron que ninguno de los gobiernos actuó con apertura para acabar con el estigma Palomares.

Hoy la autoridad del reportero de Canal Sur, José Herrera, autor de Accidente nuclear en Palomares. Consecuencias, 1966-2016, vuelve a denunciar que siguen hectáreas contaminadas, arrinconadas en un perímetro. Palomares sigue abierto para la historia aunque sus vecinos están cansados. Por la ausencia de libertad, se recurría a los boletines en castellano de radio París o la BBC. Desde siempre, el silencio contribuye a la confusión.

En Radio Juventud, dirigida por el innovador Sigifredo Ortega, luego por Roberto del Río y el inolvidable Juanjo Pérez, Áurea Martínez Navarro (Almería, 1941) era la única redactora, en aquel periodo de la década de 1960. Tras los estudios en la Escuela de Periodismo, que dirigía el ortodoxo falangista Juan Aparicio, consiguió plaza de redactora. “Recuerdo”, dice, “una entrevista que le formulé dentro del agua al ministro Fraga y al embajador Duke. Tuve que ser muy astuta porque no permitían acercar la grabadora de mi compañero José Miguel Fernández”. Martínez Navarro vivió el periodismo desde pequeña dado que su padre, Juan Martínez “Martimar”, un mítico periodista del decano de la prensa provincial. Martimar fue redactor jefe y director en funciones durante algún tiempo de La Voz de Almería así como director de Hoja del Lunes. “Quiero destacar a dos añorados reporteros gráficos como el de LA VOZ DE ALMERÍA, José Mullor, padre de Pepe Mullor y Diego Guirao, corresponsal de la agencia Cifra (en la actualidad agencia EFE) que se metieron en el agua”.

Dejó el periodismo radiofónico dado que se presentó a unas oposiciones de la Administración que compatibilizó como corresponsal de RNE y EFE hasta el año 1983. Posteriormente fue funcionaria durante el último medio siglo en el Gobierno Civil. Ha visto de todo en esa casa.

1903 Interior del puerto de Almeria

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Hasta la posguerra el barrio de pescadores estuvo situado en la parte mas oriental del puerto, junto a la rambla.  En la foto editada por la Papelería Isidro Sempere,  se aprecian las barcas de pesca amarradas.



17 de enero de 2018

Julio 1954, un baño en la playa del Centro Nautico

Almeria, Julio de 1954. Centro Nautico de la Obra Sindical de Educación y Descanso.
#AlmeriaBW, #ABW, #CentroNautico, #Playas, #1954


17 de enero de 1966, el día que Almería pudo llegar a ser borrada de todos los mapas


#AlmeriaBW, #ABW, #Palomares, #AccidenteNuclear, #1966, #17Enero
El accidente de dos aviones con cuatro bombas que cambió la historia de una humilde aldea


17 Enero 2016  Manuel León para La Voz de Almería


Los americanos desplegaron un contigente de más de 800 hombres en Palomares para labores de limpieza y regeración de tierra
Usted, lector, si tiene menos de 50 años, podría no haber venido al mundo, no haber nacido, sus padres habrían muerto contaminados, como todos los padres de esta provincia y comarcas contiguas, hasta un radio de más de 300 kilómetros, según un informe desclasificado de la Agencia Americana de la Energía (DOE).

Si hubieran detonado las cuatro bombas H de 6 megatones que cayeron desde el cielo de Palomares, 75 veces más potentes que las atómicas de Hiroshima y Nagasaki, hace justo hoy medio siglo, Almería entera hubiera sido barrida del mapa como en la apocalíptica película Armageddon de Bruce Willis.

La pobre Almería, la penúltima provincia de España en renta en esas fechas, se habría convertido en un cementerio nuclear, un territorio lunar barrido por la radioactividad, sellado por el plutonio y con cientos de miles de personas alopécicas, con huesos y sangre envenenados por la por la inevitable nube radioactiva.

El milagro de San Antón
Todo eso hubiera ocurrido a las 10.22 de la mañana del lunes 17 de enero de 1966, en la que en Cuevas, la Hermandad de San Antón celebraba el sermón y la convidá con habas y tocino, en Palomares, don Pedro, el maestro, enseñaba aritmética a sus alumnos, en Garrucha, los pescadores calaban los palangres y en Carboneras, Eddie Fowlie, el amigo del cineasta David Lean, se encaramaba a una montaña, como en una premonición, para capturar la única imagen que se conserva de la bola de fuego en el aire, en el instante mismo del choque de los aviones.

Unos segundos antes, el superbombardero gigante norteamericano capitaneado por Wendorff, se había aproximado al avión cisterna para repostar queroseno a más de 9.000 metros de altitud encima del cauce seco -como una calavera versaba Sotomayor- del río Almanzora.

Al lado, otra pareja de avión cisterna y B-52 estaban a punto de finalizar la labor de acopio de combustible y fueron los que informaron del fatal accidente de los aparatos siniestrados. La operación tenía que ser rápida y sencilla, pero algo falló, los aparatos chocaron sobre el golfo de Vera, el cielo se incendió como en un bíblico apocalipsis y ya nada en esa humilde aldea española, almeriense, cuevana, volvió a ser igual.

Apocalipsis bíblico
Murieron calcinados siete tripulantes, tres se salvaron al caer en paracaídas al mar y otro al ser socorrido en tierra.

No detonaron los espolones atómicos porque no iban activados, aunque si armados, pero dos de ellos se resquebrajaron en la caída, explosionó la carga de dinamita exterior y se liberaron hasta diez kilos del fatídico plutonio, que con el tiempo se ha empezado a degradar en americio radioactivo.

Otra bomba sucumbió intacta en paracaídas sobre el lecho del río y un cuarta fue rescatada 80 días más tarde -como la vuelta al mundo de Fog- tras un hercúleo despliegue naval, en una sima marítima a varias millas de la costa.

No ocurrió la hecatambe nuclear, Almería siguió siendo Almería, porque no hubo explosión en cadena en el cinturón de protección del núcleo de las dos bombas rajadas, una posibilidad remota pero no imposible, según Randall Maydew, asesor de la Sandia Corporation, la mayor institución americana en investigación de armamento nuclear, que visitó la zona en esos cruciales días del accidente.

Fue milagroso que ningún habitante, ninguna vivienda de la pedanía, resultase afectada por esa lluvia de fuego, bombas, fuselajes, queroseno, motores y trenes de aterrizaje que se asemejó al fin del mundo. Un ala de avión se precipitó sobre el huerto de Antonio Sabiote, la niña Antonia Flores, que luego fue alcaldesa, se escondió aterrada en su casa junto a la que se desplomó uno de los proyectiles.

La tasca de Mula y la taberna de Montoya no sufrieron desperfectos, pero una vaca que se encontraba descansando, del soponcio de la explosión, dejó de dar leche y falleció.

El cielo azul se cubrió de humo y empezaron a llover trozos de acero sobre Palomares iluminados por el chorro de combustible incandescente. Explosiones y más explosiones, y la gente corriendo y aullando de miedo como si se tratase de un cataclismo en una mañana que se prometía tan apacible como la jornada laboral de un caracol.

Los primeros en llegar
Las llamas se extendieron por algunos bancales de habas y varios truenos culminaron los fuegos de artificio. El terror se apoderó del vecindario y sintieron la necesidad de huir hacia La Algarrobina. Notaron una explosión cerca del cementerio y otra a 60 metros de los pupitres del Colegio. El accidente, que le cambió la vida a esta sencilla pedanía cuevana, se pudo ver desde Sorbas hasta Carboneras y Guadix.

Aún no había tomado tierra el Capitán Buchanan, con su asiento pegado a las nalgas, cuando varios vecinos llegaron para socorrerle y envolverlo en una manta aterido de frío. En la camioneta del hijo del alcalde lo trasladaron al hospital de Vera donde lo curó el médico don Jacinto González.

Aparecieron también, de los primeros, por esa tierra de tomateras que aparecía sembrada de quincalla, el cura Navarrete hablando del milagro de San Antón, el Capitán Calín, el diplomático Rafael Lorente, el arquitecto barbudo Roberto Puig, que estuvo manipulando una de las bombas, y el secretario judicial, Esteban Carrillo que ordenó el levantamiento de los cadáveres.

En esos instantes, los pescadores de Aguilas Paco Simó, Bartolo Roldán y Alfonset, conseguían rescatar de las aguas a tres tripulantes más.

El sol continuaba en su sitio, las gallinas seguían triscando en el corral de Sabiote y los 1.500 habitantes de Palomares, una pedanía sin agua potable, con un solo teléfono público y un cine llamado Capri, trataba de seguir adelante. Del amasijo de restos de los aviones, los vecinos y la Guardia Civil consiguieron rescatar los cadáveres que fueron envueltos en mantas y trasladados a la capilla. Pequeños y mayores jugaban entre una montaña de amasijos, entre alerones y trenes de aterrizaje, observando el cráter que había abierto el artefacto nuclear. Unos y otros manipularon las bombas H sin miedo ni precaución.

La pareja de aviones que repostó junto a la siniestrada envió la señal de alarma al Pentágono y se extendió por toda la España yanqui: Flecha Rota en el sudeste español. Los mandos militares estadounidenses tomaron el camino de Palomares, a través del aeropuerto de San Javier. Entraron ya de noche por la carretera de Vera. Vieron el pueblo sin luz: la metralla había cortado los cables y al dueño del bar le confiscaron una lámpara de petróleo.

Los marines instalaron el primer campamento junto al río. Por la mañana, un intenso ruido de motores despertó a lo vecinos. Llegaban caravanas de camiones militares, helicópteros y avionetas cruzaban el cielo, como si fuera el Desembarco de Normandía.

El pueblo contempló atónito aquel despliegue de fuerzas, inédito en tiempos de paz. Llegaron periodistas y curiosos, pero ya se había empezado a acordonar la zona afectada y las palabras claves era top secret y no comment.

Valle de lágrimas
Empezaron a encalar las fachadas de las casas y a quemar la ropa y se prohibió consumir los restos de la cosecha, ni siquiera podían utilizar el pienso para los animales. Los americanos parecían dispuestos a pagar lo que fuese por suspender las tareas agrícolas y pesqueras. Hasta el domingo no apareció el Gobernador Gutiérrez Egea a quien los vecinos les reclamaron compensaciones por la cebada, por los tomates perdidos, por lechugas y pastos.

Empezó así el valle de lágrimas del vecindario por un suceso del que ninguna culpa tenían. Los pescadores de Villaricos, a los 15 días de no poder botar las barcas, hicieron un motín y amenazaron con quemar el campamento Wilson si no recibían un dinero urgente para comer. Al poco hubo reparto de alimentos de los americanos en la Plaza de la barriada cuando la gente empezaba a sentir hambre pura.

Se llevaron los hombres de Wilson 1.7000 toneladas de tierra radioactiva vía Cartagena para enterrarla en Carolina del Sur. “Ya está resuelto el problema”, exclamaron, ignorantes del estigma que dejaban.